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Actualizado el 12 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Mandela, el hombre que no podía llorar, hizo que el mundo entero, o casi, llorara su muerte. Años de trabajos forzados como reo en una mina de piedra caliza le habían obstruido sus lagrimales. Sonreía, pues, pero el máximo líder de la larga lucha contra el apartheid en Sudáfrica tuvo que aprender a llorar de otro modo, por dentro. Debió ser un aprendizaje duro, tanto como domar el natural instinto a la venganza, a “volcar la tortilla” contra los blancos opresores de las mayorías negras, cuando, una vez sentado en la silla presidencial, impidió cualquier intento de atacarlos como retribución por tantas atrocidades y afrentas. Al hacer eso, construyó un país. Un líder anticolonialista mucho menor, como Mugabe, en la vecina Zimbabwe, sí se embarcó en el “ojo por ojo” y hoy ese país está destruido.

En Sudáfrica, lo primero que golpea es la profundidad a la que llegó la codificación racional de la perversidad. El sistema de privilegios racistas odiosos era amparado por meticulosas leyes y un Estado capaz de llevarlas a la práctica. Dentro de los muchos horrores hubo uno que me impactó en particular. A la hora de un parto, un oficial del régimen examinaba la “blancura” o “negritud” del bebé. Si la juzgaba distinta a sus padres, se lo quitaba y reubicaba a la criatura. Era ilegal que lo buscaran. Miles pasaron sus vidas enteras luchando por una reclasificación racial que les permitiera acercarse a sus familias de origen.

Pero el apartheid no solo fue racismo en estado puro, institucionalizado y respaldado por una ideología y una Iglesia que, basada en un protestantismo calvinista, elaboró una teología justificadora de la supremacía blanca. Fue, también, un sistema de dominación económica en el que una minoría se apropió de los recursos valiosos de esa región y explotó a placer a las mayorías negras, a las que apenas daba algo de educación y de salud. Esa dominación creó desigualdades sociales impresionantes (estar en Ciudad del Cabo es estar en un país muy desarrollado; Polokwane, al norte, es estar, pues, en África). Ese sistema de dominación no ha sido desmontado y es el principal desafío que enfrentra Sudáfrica: ¿cómo hacer una transformación económica en democracia? O, formulado de distinta manera, ¿cómo evitar que la democracia se convierta en guardiana de la injusticia?

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Mandela fue el principal líder de una generación extraordinaria de líderes que tuvo Sudáfrica en el momento correcto. Su problema principal es que llegaron muy viejos al poder (más de 70 años) y casi no pudieron ejercerlo. Los que siguen no han estado a la altura. La estatura moral y política de Mandela y sus correligionarios dio al mundo una lección de humanidad y realismo político.

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