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Actualizado el 05 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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En toda campaña electoral se manosea la ilusión. La teatralidad, en el sentido de “hacer creer”, es inevitable para persuadir a una gran cantidad de personas que no conocen al candidato de que, en efecto, es la persona indicada para tomar las riendas de un país. Y que los demás, no, que son fatales. Reducidas a los huesos, las campañas siempre crean antagonismos entre bueno/malo, esperanza/desánimo, tranquilidad/miedo. El Jesús de los cristianos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida...”. En términos mundanos, todo candidato dice cosas con sentido similar: “Yo soy quien os llevará a la tierra prometida”. Un Moisés, de algún modo.

En una campaña estamos condenados a las exageraciones. Los mimos a la ilusión abren la puerta a toda suerte de yucas, yuquitas y yucotas. Pero los electores no somos víctimas indefensas. Hay una doble vía. Nos soban descaradamente la chaqueta y nosotros sabemos que lo hacen y que lo necesitan hacer porque tenemos algo preciado: el poder de decidir. No está mal: ese pequeño pacto es indispensable para la democracia. Lo que pasa es que, como ocurre en las ferias del agricultor, hay yucas de yucas: unas tienen buena pinta y otras están podridas. Hay toquecitos inteligentes como el “sí se puede” de Obama, una ambigüedad, marca diablo, pero abierta a la interpretación de cada cual; hay yucas descaradas, al estilo “conmigo el país se desarrolla en cuatro años”, y otras ingenuas como “le bajo el precio de la luz”.

Los candidatos no son Hamlet transidos por la duda: “Exagerar o no exagerar, esta es la cuestión”. La vaina va por otro lado: el tema es cómo hacerlo. Y la respuesta al dilema es circunstancial: “depende”. Depende del contexto del país, las características del elector, las ideas del candidato (si es que las tiene) y la plata. Ahí es donde la lectura política de la situación es insustituíble y mucho gurú de la mercadotecnia mete las patas creyendo que se trata de vender al candidato como si fuera la chispa de la vida. En electorados reticentes, encabritados, sin dueño y experimentados como el costarricense, el voto no se da a cambio de cualquier yuca. Tiene que ser buena.

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A como está el clima político, las promesas y el autobombo del candidato no encienden las ilusiones. Los votantes ticos intuimos que se nos viene una época difícil. Lo olemos. Por eso, la pura exageración no pega. Andamos en busca de un poco de franqueza, de alguien que nos diga cómo capearemos el temporal que se nos viene, para, así, alimentar la esperanza de que podremos capearlo. Un poco de franqueza y que luego nos diga por qué es el indicado para timonear. Qué fregado: andamos buscando líderes, no solo eligiendo presidente.

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