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Actualizado el 05 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Extraña situación: la reputación internacional de Costa Rica es notable, tan positiva que sonroja. Al mismo tiempo, sin embargo, los habitantes de esa supuesta arcadia tenemos una imagen muy negativa sobre el país y su futuro. En principio, las dos cosas no pueden ser ciertas: o somos el país verde, pacífico, industrioso e innovador que dice la nueva marca-país lanzada hace pocos días ( esencia Costa Rica ), o somos el hueco de la desilusión, la inutilidad en cuatro patas, el fatalismo del declive inevitable, el del mal aliento del desaliento, como decimos la mayoría de los ciudadanos de unos años a esta parte. ¿Cuál de las dos fuerzas, la visión del Eros o la del Tánatos, tiene la razón?

Le oí a Eduardo Ulibarri, actual embajador de Costa Rica ante la ONU, enunciar este enigma hace un tiempo. Me pareció retador, pues no hay manera de responder, a lo tico, que “un poquito de las dos cosas” o acudir a la variante esa del “ni muy muy, ni tan tan”. O somos el futuro o somos pasado. Cierto que toda imagen es siempre un destilado unilateral que acentúa rasgos de la realidad mientras invisibiliza otros que no calzan con los supuestos. Así, la imagen positiva no inventa los logros, pero esconde los defectos, y la negativa hace justamente lo contrario: barre bajo la alfombra los logros y solo se fija en lo malo.

El mundo de verdad es, recordemos, bastardo. Una cosa es ver a una buena persona de larguito; otra, convivir con ella: sus defectos se aprecian con facilidad. En el tema de las visiones contrastantes hay algo de eso, por supuesto. Sin embargo, el enigma no queda resuelto acudiendo a la explicación de las diferencias de perspectiva porque la pregunta de fondo es: ¿cuál de estas imágenes en competencia se acerca más a la verdad de las cosas?

Una respuesta posible es que las dos: que somos paraíso e infierno al mismo tiempo, un país esquizofrénico en el que conviven como matrimonio mal avenido la gloria de ser, entre otras vainas, los primeros en el mundo en abolir el ejército como institución permanente y la vergüenza de no haber podido disminuir la pobreza en veinte años. Esto es cierto, pero no me satisface. Que seamos un país trabado y desorientado es solo parte de la historia.

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A pesar de los pesares, somos herederos de una singularidad que nos acerca más al país del Eros, y esa excepcionalidad tiene una raíz profundamente progresista e inclusiva: ha implicado una apuesta a favor de la paz, la innovación y el bienestar, que es la única hoja de ruta que conocemos para sortear las tormentas contemporáneas. La visión de la debacle es nihilismo puro. Otra cosa es que estemos hipotecando nuestra casa común... pero esta sigue siendo todavía nuestra.

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