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Actualizado el 18 de julio de 2013 a las 12:05 am

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El vicepresidente del Senado italiano, Roberto Calderoli, dijo que una ministra del actual Gobierno de ese país parecía, por negra, “un orangután”. Lejos de disculparse, sacó pecho y miles lo auparon. No es la primera vez que políticos de la Liga Norte, el partido de Calderoli, usan ese lenguaje. Una dirigente pidió públicamente que alguien tomara coraje y violara a la ministra. En ambos casos, interrogados, los políticos dijeron que hablaban en broma. En broma.

Poder y prejuicio: una combinación letal. El poder da capacidad para dominar a los demás y lograr que hagan cosas incluso en contra de su voluntad. El prejuicio es la capacidad para odiar racionalmente, es decir, para aborrecer a las personas en abstracto, no por lo que son o han hecho, sino por cómo parecen ser. El prejuicio, por sí solo, puede ser inerte, pero es explosivo cuando se mezcla con el poder, el elemento activo. Una democracia no elimina la posibilidad de que poder y prejuicio se combinen (ahí están los ejemplos citados), pero establece protecciones para evitar que desaten la violencia impune contra los sujetos del odio. Imaginen sentaditos en el pináculo de la Italia fascista, hace ochenta años, a quienes llaman orangutanes a los demás y piden violar a otras personas. ¡Qué no hubieran hecho!

Las relaciones sociales en las que vivimos están cruzadas por nudos de poder y prejuicio. Muchas veces esos nudos son casi invisibles pues, cuando pensamos en el poder, nos imaginamos a gobernantes, dirigentes políticos o a los másteres del universo financiero y no en la vida nuestra de simples mortales. Sin embargo, el poder está presente en todas partes y no solo en los grandes escenarios. Lo está también en la vida cotidiana: en la ventanilla de un burócrata, con capacidad de autorizar o denegar algo, en el aula de una clase o en el púlpito de un templo. En esos microescenarios del poder el prejuicio puede causar daño, aunque muchas veces de manera anónima y dejando pocas huellas.

Hay prejuicios de prejuicios, pero, pese a las diferencias, es siempre fácil dejarse llevar por ellos. No hay que explicar nada, sino repetir, como loro, frases hechas al estilo de “un negro parece un mono”, “un homosexual es un inmoral”, “a esa la violaron porque se lo buscó”. Y luego, a refugiarse en el silencio de la masa. Sin embargo, los prejuicios son inaceptables. Hay que enfrentarlos, por su potencial destructivo, y no solo cuando un político, allá en Italia, dice lo que dice, sino también cuando un alto prelado aquí en Costa Rica, amparado en su “sentimiento machista”, dice que el homosexualismo es “una grosería y una inmoralidad”. A los orangutanes se les debe devolver al África; ¿qué hacer con los inmorales?

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