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Actualizado el 27 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Durante las últimas semanas, varias revistas como The Economist (“The Petrostate of America”), Foreign Affairs (“Big Fracking Deal, Shale & the Future of Energy”) y Foreign Policy (“Putin Aims his Energy Weapon at Ukraine”) han abordado el tema de cómo nuevos cambios en los mercados energéticos podrían afectar la geopolítica mundial.

Se destaca un estudio proveniente del Brookings Institute –“Fueling a New Order? The New Geopolitical and Security Consequences of Energy”–, que señala cómo los Estados Unidos, gracias a sus innovadoras capacidades de extracción de petróleo y gas (mediante el controversial método de la fracturación hidráulica), se está convirtiendo en el más importante actor en el mercado energético, próximo a sobrepasar en producción de petróleo a Arabia Saudita y Rusia. Otro importante cambio es que China pronto superará a Estados Unidos como número uno en importación de petróleo, y es ya el mayor emisor de carbono en el mundo.

Estos cambios y tendencias en la producción y el consumo de energía provocan importantes consecuencias geopolíticas en el balance del poder y las relaciones entre potencias, en el que Estados Unidos queda en una condición más favorable, aunque no exento de riesgos, y en el que otros poderes emergentes quedan expuestos a mayores niveles de riesgo y vulnerabilidades.

En el nuevo escenario, los que llevarán la peor parte son los países más débiles y dependientes, como los que integran el Istmo centroamericano, cuyo abastecimiento y precio de la energía están expuestos, peligrosamente, a los vaivenes de conflictos regionales, las carencias en infraestructura y la volatilidad de los mercados internacionales, entre otros.

Hoy, más que ayer, asegurarnos el abastecimiento de energía de calidad al menor precio y mejorar nuestra eficiencia en el consumo deben ser una prioridad nacional. En juego están no solo la seguridad y la competitividad, sino también el crecimiento y bienestar de todos.

En lo inmediato, urge disminuir los costos de la electricidad y abrir el mercado a una mayor generación privada –por cierto, resulta irónico que se limite producirla en Costa Rica, pero se permita adquirirla al sector privado centroamericano–. También debemos ver cómo logramos reducir la factura petrolera, abultada, además, por las recientes variaciones cambiarias.

A medio plazo, necesitamos más fuentes de energía, abrirnos a la exploración del gas y estimular la atracción de inversiones, sobre todo en fuentes limpias. Se necesita, además, la reducción y mejora de la eficiencia energética, en la que urge una cirugía mayor en el tema del transporte público.

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