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Actualizado el 01 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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“Abrir el correo” no significaba, en aquel entonces, pulsar en el teclado de una computadora, ni tomar de la papelera aburridas hojas de prosa administrativa depositadas ahí por una secretaria, sino sentarse a rasgar, con ayuda de un abrecartas adornado con el logotipo de una universidad extranjera, los sobres recogidos en la casilla de correos.

Esto fue lo que hice aquella tarde al regresar de la oficina. Tras desechar varios mensajes publicitarios y revisar un par de facturas y el estado de mi cuenta corriente, procedí a leer la nota, bellamente manuscrita, en la que una amiga epistolar insinuaba su propósito de quitarse la vida.

No había dramatismo en el texto, solo una delicadeza literaria que en el primer instante me provocó un breve aturdimiento y luego me hizo pensar en salir en su busca para impedir que ocurriera algo irremediable, pero no tenía la menor idea de su lugar de residencia.

Habíamos conversado amistosamente una sola vez, con ocasión de una actividad universitaria en la que me había correspondido, como de costumbre, suscitar en el público, con un corto discurso, algunas docenas de bostezos.

A partir de entonces me escribía esporádicas misivas que la mostraban como una persona de gran sensibilidad artística, a las cuales yo respondí en contadas ocasiones mediante mensajes que ahora, pasado el tiempo, considero, por lo escuetos, más bien mezquinos, y unas pocas veces me llamó por teléfono para hablarme sobre temas vagamente académicos.

No exagero si afirmo que se me erizaron los cabellos cuando reparé en que en el sobre de su carta aparecían, debajo de la dirección escrita a máquina, dos palabras trazadas a mano: ella no había escrito bien el número de mi apartado, de modo que el sobre había estado, antes de llegar a mis manos, en poder de otra persona que lo había devuelto al buzón de correos con la anotación de “apartado equivocado”.

Aunque me pareció una suerte que un empleado de correos se hubiera tomado el trabajo de buscar mi nombre en la lista de casilleros, pensé, aterrorizado, que entre una cosa y otra ya habrían transcurrido varios días desde que la carta había sido enviada.

“Ya no se puede hacer nada”, me dije lleno de pesadumbre, pero el día siguiente supe que ella no había alcanzado a cumplir su deseo: había aparecido en la prensa la noticia de que la joven –de su nombre solo se consignaban las iniciales y por esa razón yo no me había enterado– había muerto al caer accidentalmente desde un balcón de su departamento.

(*) Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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