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Desertando

Actualizado el 06 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Una suerte de atavismo cívico me hacía apoyar sin reservas a un buque insignia de nuestra flota institucional y, cuando había opciones, fui fiel usuario de los servicios del Instituto Costarricense de Electricidad. No llegué a aprenderme el himno del ICE –que existe o existió– porque me parecía ridículo darles serenatas marciales a unas baterías de turbinas, pero sí juré no desertar nunca de “nuestra” empresa en el ámbito de las comunicaciones. Sin embargo, en estos días comprendí que a la nave le llueven torpedos disparados desde adentro y, claudicando ante ese sabotaje, me uní al tropel de quienes escapan del barco herido en el primer bote que lancen al agua.

Ocurrió de la siguiente manera. Comencé a tener problemas con el servicio de comunicaciones y cada vez me presenté mansamente en las oficinas de la institución a solicitar la asistencia técnica prevista en el contrato. Llamaba mi atención el hecho de encontrarme siempre en el sitio con otras personas que declaraban haber llegado a cancelar el mal servicio que recibían para suscribirse al de una empresa competidora. Plantado con firmeza y honestidad en mi trinchera socialdemócrata, quise creer que en todos los casos se trataba de exageraciones y, de haber sido más entonado, de vez en cuando habría tarareado La internacional obrera, c omo lo hacían los socialistas democráticos antes de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la última vez terminé olvidando música y letra. Un martes se me cerró a cal y canto el acceso a la red. Al pedir auxilio, una recepcionista del ICE me aseguró: “En el transcurso de las próximas 24 horas un técnico lo visitará para resolver su problema”. Transcurrido el plazo no había aparecido ni el Cadejos . Llamé de nuevo y, antes de que pudiera decir “miau” en mandarín, me aseguraron: “En el transcurso de las próximas 24 horas, etc.”. El episodio se fue repitiendo y, cuando por fin el sábado llegó el santo auxiliar de la paciencia disfrazado de técnico, este revisó algo y se retiró tras indicarme que la línea estaba bien, pero que, como él no estaba autorizado a “meterse con Internet”, tendría que esperar hasta el lunes siguiente para que el ahora Instituto Costarricense de la Extra-vagancia me confirmara la visita de otro técnico, este sí “autorizado para entrarle al módem”. Así pasó una semana adicional jalonada de vanas promesas y el texto de esta columna fue enviado al periódico gracias a la solidaridad de un vecino –curiosamente, todos mis vecinos reciben el servicio de empresas diferentes al ICE– que me permitió “colgarme” de su señal inalámbrica mientras busco enganche en otra flota.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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