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Actualizado el 11 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Mañana concluirá un largo proceso electoral en India, la más poblada democracia del mundo, con 815 millones de personas con derecho al voto. Sin duda, una fiesta democrática y una oportunidad para reflexionar sobre los avances o retrocesos democráticos.

El siglo XX se caracterizó por importantes conquistas democráticas que florecieron luego de condiciones realmente adversas como el nacionalsocialismo en Alemania, el apartheid en Sudáfrica y el colonialismo en muchos países de Asia y África. En la década de los setenta y ochenta, la democracia continuó avanzando, y mucho, en América Latina. A esta ola democrática se sumarían más países luego de la caída del Muro de Berlín y la escisión de la antigua Unión Soviética.

Este fenómeno de avances o conquistas democráticas no ha sido tan exitoso en el actual siglo XXI. Luego de un inicio esperanzador, como lo fue el encuentro de 100 países reunidos en el Foro Mundial de la Democracia (Varsovia), en el que se proclamó que la “voluntad del pueblo” era la base fundamental de la autoridad de los Gobiernos, en el 2013 la organización Freedom House señalaba el grave retroceso por octavo año consecutivo en las libertades en el mundo.

En la misma línea el Democracy Index (The Economist Intelligence Unit) del 2012, si bien celebraba que más del 50% de la población global vivía en algún tipo de democracia, también alertaba sobre un estancamiento, sin avances ni retrocesos significativos, situación que incluso podría haber empeorado en vista de los recientes acontecimientos.

Los buenos augurios que despertaron la Revolución Naranja (2004-2005) en Ucrania y la Primavera Árabe se asemejan hoy más a un “largo invierno”, (quizás la única excepción sea Túnez), con una cruenta guerra civil en Siria, un nuevo derrocamiento en Egipto, y un Medio Oriente y Norte de África convulsos, a lo que se agrega las ilegítimas violaciones de Rusia en Ucrania.

Sin duda, los anhelos demócratas, para materializarse, deben ir más allá de la realización de elecciones y requieren la adopción de una fuerte institucionalidad, rica en el espíritu de pesos y contrapesos, y con un profundo compromiso de respeto a los derechos y libertades individuales.

La democracia debe ser, además, un ejercicio y compromiso permanente del que no escapan aún las democracias maduras, muchas de ellas hoy cuestionadas ante sus trabas e incapacidad de toma de acuerdos, casos de corrupción y el aumento de la desigualdad.

Para Costa Rica, el arduo camino por delante es cómo satisfacer a una ciudadanía que tiene grandes expectativas y necesidades que el Estado, el Gobierno y la buena política deben satisfacer.

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