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Curvas de aprendizaje

Actualizado el 29 de abril de 2016 a las 12:00 am

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Curvas de aprendizaje

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Tras casi dos años de ejercicio, muchas preguntas siguen abiertas sobre el desempeño y destino del gobierno, pero hay una que no admite dudas: sus curvas de aprendizaje han sido de una longitud e irregularidad inéditas.

Hablo en plural debido a que el proceso de entender el Estado, navegar la política, vincularse con sectores y manejar el gobierno tiene ámbitos múltiples. El más sencillo, porque depende esencialmente de un ejercicio intelectual, es aquilatar desafíos, ventajas y sus posibles abordajes. El más complejo, porque requiere la orquestación de actores, visiones, procesos, normas e instituciones, se vincula con ese terreno minado que se llama ejecución.

Pasada la arrogancia fundacional de los primeros meses y los traumas de frustración, desorientación y parálisis generados desde Zapote, el presidente Solís y sus cercanos colaboradores debieron confrontar la realidad. Aprendieron –en grados distintos– que su complejidad supera los clichés, prejuicios, tics e, incluso, modelos analíticos, y que entenderla es un ejercicio de inmersión metódica en dimensiones múltiples.

El avance en esta curva abrió la posibilidad para dedicarse al segundo proceso de aprendizaje: cómo diseñar, concertar, estructurar y ejecutar iniciativas que potencien avances, allanen barreras y superen desafíos. La oportunidad, sin embargo, ha sido malograda hasta ahora, no tanto por problemas cognoscitivos (de saber y comprensión), sino ontológicos (de esencia).

Tengo la impresión de que, a estas alturas, el gobierno ya conoce cuáles son los elementos críticos que debería comandar para lograr resultados; está en un punto alto de su más difícil curva de aprendizaje. Sin embargo, confronta otra barrera que, hasta ahora, no ha podido derribar: su propia naturaleza.

El ser gubernamental adolece de falta de visión; escasez de cuadros diestros; desconexión de instituciones, sectores y rectores; pugnacidad de facciones internas y externas; debilidad generalizada de gestión; dispersión focal e indefinición en sus cadenas de mando. Alguien podría decir que padece un problema metafísico. En esencia, sin embargo, es político. Porque se vincula con su capacidad de transformación funcional como paso para, al menos, administrar bien el país. ¿Lo entenderá el presidente?

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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Eduardo Ulibarri

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Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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