Opinión

Cultura del quizás

Actualizado el 29 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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“Así, así se para una lora”, dijo, y por más que me rasqué la cabeza no llegué a conclusión alguna acerca de cómo se paraban las loras. Claro, entonces tenía nueve años y ni me olía que me estaban diciendo que no, que de ninguna manera y que me fuera al demonio.

En fin, estaba por aprender una de las maneras ingeniosas que tenemos los ticos de decir no, junto a las clásicas y sibilinas “estoy de acuerdo con usted pero...” y “quizá habría que pensarlo mejor”.

Con una excepción: solo juntamos valor para dar un “no” frontal cuando nos parapetamos detrás de una ventanilla. Ahí sí, ¡tomen chichís!, empezamos a recetar “no se puede” a diestra y siniestra. No importa si la ventanilla es una institución pública, empresa privada, carro o camión. Nunca un “no” cara a cara para no pasar por maleducado, pues, ¡Dios guarde!, primero las buenas maneras a la franqueza. El “no” debe ser de larguito, a lo pendejo.

Pero no era de los tiquísimos “arabescos del no” de lo que esta columna quería tratar sino de algo diferente pero relacionado: de nuestros “síes” permanentemente devaluados.

Así como el tipo de cambio del colón frente al dólar se mantiene extrañamente fijo, pese a que se supone que estamos en un régimen de flotación administrada (administradísima), en nuestra cultura un “sí” nunca es un “sí”, sino, si nos va bien, un “tal vez y luego vemos”. Manifestaciones del sí devaluado: “Hagamos algo uno de estos días”; “el MOPT anuncia carretera de cuatro vías a Limón”; “quiero diálogo nacional”. Sé que ustedes pueden agregar una infinidad de ejemplos.

La cosa es que hemos construido una curiosa cultura en la que un “no” nunca es claro y un “sí”, tampoco. Ni sí ni no, sino todo lo contrario. En otros lados, el sí y el no son adversarios acérrimos, pero aquí se funden en el abrazo infinito de la cópula apasionada del tal vez. Vivimos en la cultura del quizás, en la que nada es cierto hasta que pasa, y, aun así, todo sigue abierto. La contracara es que, entonces, nadie nunca es responsable de nada, pues no dijo abiertamente que no, y si dijo que sí, nadie se lo tomó en serio, ni él mismo.

La cura que hemos diseñado es desarrollar una parafernalia de controles o demandamos referéndums para ver si por las malas disciplinamos a estos escurridizos ticos, los obligamos a ser responsables de algo. Pero, ¡qué va!, más fácil agarrar un chancho encebado.

Me parece que la solución va por otro lado: resignifiquemos el “sí” y el “no” en la vida cotidiana para, al menos, saber dónde estamos parados. Un buen inicio para hacer cosas distintas.

(*)Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.

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