Opinión

El coronel no tiene quien le escriba

Actualizado el 08 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

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Venía el coronel cerro abajo, cabizbajo, pateando compungido cuanta piedra se topaba en su camino, tras visitar al médico de aquel pueblito innominado. “¿Cómo te fue?”, inquirió preocupada su asmática mujer. “Mal”, le respondió: “los goces de la cintura para arriba me los prohibieron y los de la cintura para abajo me abandonaron…”.

Quería echarse a morir. Su mundo se derrumbaba. No comprendía bien las advertencias del galeno. El examen del laboratorio salió tan distorsionado que parecía una venganza del destino. Pero no había tal inquina. Más bien, revelaba con exactitud lo mal que comía, lo mucho que bebía y lo poco que dormía desde hacía 75 años. El recuento del colesterol arrojaba un nivel cuatro veces superior al normal, los triglicéridos se habían multiplicado sin piedad, el azúcar en la sangre revelaba su debilidad por las confituras y casi se desmaya al recibir el resultado del ácido úrico: abominable.

Ya en su casa, a solas, se miró al espejo. Para nada le gustó lo que veía: ojeras traicioneras, papada abotagada, arrugas y verrugas, hombros huesudos, flacidez en pectorales y extremidades, enjuto y con barriguilla (¡qué vergüenza!), rala la cabellera y, al otear, con disimulo, aquella parte del bajo dorso que rima con Angulo, constató que también se había desplomado. Su castrense orgullo y envanecimiento quedaron reducidos a mera resignación.

Su abnegada mujer lo veía muy afligido. Para darle ánimos, le ofreció chicharrones con tortilla: “No puedo por el colesterol”, le respondió. –¿Y orejitas con pastelitos de hojaldre? –Tampoco, por los triglicéridos. –¿Qué tal heladitos de vainilla bañados en chocolate? –Me los prohibieron por la glucosa. –Entonces, algo sano: ceviche de camarones con cebolla morada (muy bueno pa'l muchacho, dicen los peruanos), ensaladita de brócoli, lomito con champiñones del bosque La Hoja (alucinantes), tomates pintones (buenos para prevenir el cáncer de próstata), pan integral (pura fibra) y juguito de naranja para estimular las papilas gustativas. –También me están vedados por el demoníaco ácido úrico, al igual que los taquitos, pizzas, embutidos y –suerte impía– el vinito generoso.

Entonces, “¿qué diablos vas a comer?”, le preguntó, azorada, su mujer. En ese punto intervino el mismísimo García Márquez para rescatar el fin de esta corta y triste historia: “El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: mierda”.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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