Opinión

Conversación de adultos

Actualizado el 21 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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“De grande quiero ser una niña”, dijo, sin más, la chiquilla cuando le preguntaron sobre el tema. Lo más sugerente de su respuesta no es la paradoja que expresa, el deseo, tan natural a los seres humanos, de que una situación que gusta se prolongue indefinidamente o, si se quiere, la sed de revancha para hacerlo mejor la próxima vez.

Todo eso puede ser cierto, pero no es lo que más me impresionó. Quizá, sin saberlo, o al rato con pleno conocimiento de causa, la niña resumió en pocas palabras la levedad de la política costarricense en nuestros días.

Tenemos ya varios años en que, vista en su conjunto, la clase política juega al poder y las elecciones, pero no asume plenamente las responsabilidades por ejercerlo, sea desde el Gobierno o desde la oposición.

En varios temas estratégicos, el país sigue atascado y vivimos la pantomima de declaraciones que van y vienen sin llegar a nada. Existe, por supuesto, una atracción grande en querer seguir siendo niño. Salvo a quienes la pobreza les roba la infancia, en esa etapa uno no asume muchas responsabilidades, ni sus consecuencias, y tiene el derecho a jugar.

Hay una diferencia crucial, sin embargo, entre la niña que quería ser niña cuando grande y la política nacional. Ella solo puede imaginarse lo que es ser un adulto y sobrevalora la capacidad de decisión que tienen, al punto que supone que pueden echar atrás el tiempo.

La clase política nacional ya está avezada en esto de hacer política en democracia, conoce los resortes institucionales y sabe que es necesario cierto grado de colaboración entre Gobierno y opositores para la toma de decisiones importantes. Si todo el mundo se para en la escoba del otro para exigir la rendición previa de posiciones como condición para conversar, el resultado previsible será el empantanamiento.

Y, lamentablemente, en eso andamos en varios frentes, desde aspectos como la política económica –la reforma fiscal incluida– hasta la agenda de derechos humanos (fecundación in vitro ).

Todos argumentan que las culpas del entrabamiento son del otro lado y que la razón y la justicia, los mejores intereses de la patria, están del lado de uno. Sin embargo, esa argucia está más gastada que chaqueta de salonero. Sabemos hace rato que la esencia del debate democrático reside en que nadie tiene el monopolio de la verdad, todos son un poco diablos y que entre demonios hay que sacar la carreta adelante.

La falta de negociaciones en serio sobre los temas empantanados está teniendo consecuencias sobre nuestro desarrollo como país.

*Jorge Vargas Cullel realiza gestión de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.

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