Opinión

Contaminación

Actualizado el 27 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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Las grandes ciudades del mundo están en guerra contra el ruido. San José, no. En todas hay normas para evitar los excesos. En San José, también.

La diferencia es que en los países avanzados la ley se toma en serio. Los motores alterados y los tubos de escape instalados para hacer escándalo son testimonio vivo del subdesarrollo.

La lucha contra el ruido no es un capricho. La Organización Mundial de la Salud y otros organismos, incluidos los centros de investigación médica en las más prestigiosas universidades, tienen irrefutablemente documentado el efecto del ruido sobre el sistema nervioso y hasta en la salud cardíaca, para no mencionar su impacto más obvio sobre el oído.

El ruido es, además, uno de los factores determinantes de la calidad de vida en las ciudades, tanto como la contaminación del aire. En nuestra triste capital, los estudios dan cuenta del grave problema e instituciones como la Defensoría de los Habitantes reciben chorros de denuncias de ciudadanos exasperados.

En los países desarrollados, el control de la contaminación sónica vehicular no plantea mayor problema. La apreciación del oficial de tránsito basta para imponer la multa, como sucede en todas partes, incluido nuestro país, con otras faltas de tránsito, como el irrespeto a una señal de alto. El oficial la ve y, sin más, hace la multa. Para el caso de duda, los policías portan sonómetros, poco más grandes que un teléfono celular y suficientemente precisos para confirmar la apreciación o descartarla.

En Calgary, Canadá, la Policía utiliza los aparatos para ejecutar constantes operativos contra la contaminación sónica. Dos oficiales se ubican en la vía, cada uno con un sonómetro, e informan a otros, que están más adelante, para que detengan a los transgresores.

La detención se aprovecha para revisar todas las posibles disconformidades del vehículo y su chofer con las normas de tránsito. Licencia al día, casco reglamentario, ausencia de modificaciones ilícitas y todos los demás requisitos son objeto de minuciosa revisión.

“El ruido puede terminar siendo la menor de las preocupaciones del conductor detenido”, declaró un policía a un periódico local.

En consecuencia, pocos conductores deciden llamar la atención con el ruido de sus escapes, como sí lo hacen nuestros irresponsables “picones”, que pasan la revisión técnica con un silenciador y luego invierten dinero en cambiarlo para satisfacer su infantil necesidad de atención a costa de la seguridad y la paz ajenas.

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Armando González R.

agonzalez@nacion.com

Editor General Grupo Nación

Laboró en la revista Rumbo, La Nación y Al Día, del cual fue director cinco años. Regresó a La Nación en el 2002 para ocupar la jefatura de redacción. En el 2014 asumió la Edición General de GN Medios y la Dirección de La Nación. Abogado de la Universidad ...

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