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Actualizado el 28 de julio de 2013 a las 12:02 am

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“Yo creía que en mi barrio”, reflexiona detrás de su copita de ron el viejo maestro alajuelense, “el descanso de la gente no era interrumpido por ruidos molestos, pero un día me enteré de que algunos vecinos se quejaban porque los perros ajenos ladraban toda la noche. Diay, yo me había dado cuenta de que eso pasaba, pero a mí no me daba ni frío ni calor. Más bien, a veces me ponía a soñar que andaba feliz de la vida cazando con una manada de zaguates y, usted sabe, como maestro que fui a mí me gusta la poesía y aquella ladradera me recordaba el horizonte de perros del que nos habló García Lorca. Conoce a Lorca, ¿no?”. Con un cabeceo le indico que sí lo conozco y él continúa: “Si usted me pregunta por qué la bulla de los perros no me molesta puedo decirle una cosa, para mí eso es como oír cantar a mi mama cuando trataba de dormirme. ¿ Y sabe por qué?”. Esta vez respondo con un cabeceo perpendicular al anterior y él sigue su discurso: “Pues hombre, porque mientras yo fui carajillo mi abuela, que vivía con nosotros, siempre tuvo una cría de esos perros que aquí en Alajuela llamábamos de cacería y esos, señor, esos nunca se callan. El telón de fondo de mi vida, el telón de fondo sonoro quiero decir, era un eterno coro de zaguates. ¿Ve?”.

Milan Kundera, citando a Nietzsche, le atribuye el haber afirmado que en el siglo XVI Alemania era el lugar donde la Iglesia estaba menos corrompida y por eso la Reforma se dio precisamente allí, porque la corrupción se deja sentir como intolerable solo en sus comienzos. Luego el mismo Kundera sentencia con esta regla general: “mientras que la realidad no se avergüenza de repetirse, el pensamiento, ante la repetición de la realidad, termina siempre por callar”. Esta combinación de párrafos bien podría ofrecer una buena explicación de la insensibilidad del viejo maestro ante lo que para otros significaba una impertinencia perruna, y le viene como anillo al dedo a la sociedad costarricense ahora cuando la regularidad de la corrupción política y de la incompetencia gubernamental –posiblemente una consustancial de la otra– se ha vuelto ensordecedora, tan ensordecedora que ha acabado por confundirse con el ruido de fondo de nuestra naturaleza.

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De modo que si, interpretando al dúo Nietzsche-Kundera, afirmásemos que nuestro país ya dejó pasar la oportunidad de incurrir en una necesaria reforma política, no estaríamos exagerando. No en balde ya existen sectores, supuestamente pensantes, que ante la repetición de una realidad lamentablemente escandalosa, se han vuelto tan sordos que repudian hasta la más mínima expresión de protesta.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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