Opinión

Carnaval en Río

Actualizado el 22 de julio de 2015 a las 12:00 am

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Las fiestas en Río y otras importantes ciudades de Brasil, tempranas cada año, suelen atraer a miles y quizás millones de brasileños y turistas para dar rienda suelta a sus alegrías en las atiborradas calles y al ritmo de la samba. Al recordar hoy la contagiosa felicidad de aquellas ocasiones, no podemos evitar una honda decepción por los crecientes escándalos de corrupción anclados en Petrobras que hostigan la imagen del país.

La presidenta Dilma Rousseff ya paga por el embate de esta plaga que ha reducido su popularidad a un minúsculo 10 por ciento. No hace mucho se veía resuelta y sonriente al encarar las exigencias propias del trono. Ahora, la espiral de duras denuncias sobre sus fallas, que se remontan a los tiempos en que estuvo al timón de la gigantesca Petrobras, ensombrecen el ceño de la antigua luchadora. En un distante ayer formó parte de las guerrillas marxistas y después fue dirigente sindical. Precisamente en su fase sindical, Dilma colaboró con el genial Lula, quien ya labraba su ruta a la presidencia de Brasil. Elegido presidente, Lula la escogió para poner orden en el desbarajuste instituido largos años atrás en Petrobras.

Comprendo la convulsa situación que agobia al Gobierno. Hace muchos años fui funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI). En ese carácter, después de observar y analizar la crisis paralizante de Uruguay, me correspondió seguir de cerca el tránsito del Brasil de los generales al Brasil de la democracia. Fue para mí una experiencia muy afortunada que me permitió tratar a numerosas figuras públicas, a gente de empresa, a intelectuales y, en general, a muchos ciudadanos. Conservo de esos años gratas memorias, incluidas, por supuesto, las del fútbol en el Maracaná.

Precisamente, por los afectos que guardo, me duele enterarme de cuán hondo ha llegado la epidemia. Con ese trasfondo de pesares, nos llega ahora la noticia sobre el presunto tráfico de influencias desarrollado por el expresidente Lula.

La plaga se remonta a los años de Fernando Collor de Mello (1989-1992), quien fue acusado por el Congreso de corrupción y obligado a renunciar en el último año.

Recientemente, el actual presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, fue involucrado en sonados casos de la serie Petrobras. Cunha, a su vez, culpa a Dilma por arrastrarlo “al presente lodazal”.

Ninguno de los brujos de la opinión se atreve a pronosticar el desenlace de esta telenovela. Un comentarista con fama de filósofo prevé una lenta desintoxicación con un desenlace feliz. Que el Eterno lo escuche.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo, director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute en Washington, exembajador de Costa Rica en Washington y Ph.D. de Tufts University, Flectcher School.

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