Opinión

Burros y jinetes

Actualizado el 22 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

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Burros y jinetes

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“Mientras haya burros, iremos a caballo”, me dice un querido amigo catalán mientras habla resignado de la política como arte de manipulación de masas. Los burros son, por supuesto, las regiones y ciudadanías que apoyan a sistemas, partidos o movimientos que, a cambio, no les dan más que migajas y circo. O sea, nada o casi nada, pero ellos, felices o resignados, sostienen a los “nos” mayestáticos que los montan a horcajadas con ese aire de superioridad de quienes creen tener el derecho de hacerlo. Burros y jinetes, afirma, de eso se trata la política.

El dictador Noriega que gobernó Panamá lo decía de manera más prosaica: “La masa se amasa”. El amasador era, claro está, él. Aunque ya lo supiéramos, convengamos en que lo sintetizó muy bien: monarquías, sultanatos y dictaduras de todo pelaje siempre amasaron a las masas, cierto, pero la otra parte de la historia es que las masas, burras, se dejaron amasar. La idea de que Hitler o Stalin gobernaron sin el apoyo o la aquiescencia de buena parte de sus pueblos es sencillamente falsa.

Creíamos que en las democracias, con sus regímenes de libertades y derechos (especialmente el de elegir y cambiar gobiernos), el cuento de los burros y jinetes era cosa del pasado. Que si además teníamos políticas universalistas de educación y salud, el resultado sería ciudadanías conscientes de sus derechos y responsabilidades que se encabritarían ante todo intento de montarlas.

Error. Cuando la política se empobrece, se reduce a circo mediatico. Entonces, los políticos hablan para las galerías, ocultan sus verdaderos planes (si es que los tienen) y la gente vota, pero no elige. Las ciudadanías no solo son tratadas como vasallos, como masas amasadas, sino que, además, lo aceptan y celebran. ¿Cómo puede ocurrir esto?

Si bien las democracias introducen una notable mutación genética a la política, el poder ciudadano “desde abajo”, no abolen las relaciones verticales de poder y gobierno. Crean un equilibrio inestable que debe ser constantemente renovado. Si se debilita la participación ciudadana en la gestión pública, el escrutinio de una opinión libre y el respeto a los derechos ajenos, la política como relación vertical de burros y jinetes se fortalece sin remedio y reduce al poder “desde abajo” a un puro ritual.

Ese es el peligro de nuestra época: ciudadanías apáticas y élites económicas y políticas mayestáticas que vacíen de contenido a la democracia y le quiten su capacidad para crear convivencias más civilizadas y justas. Evitar ese escenario es un reto para Costa Rica.

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