Opinión

Amenaza del EI

Actualizado el 22 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

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El peligro del terrorismo trasciende el horrendo costo en vidas humanas. Se extiende a las instituciones democráticas y nos tienta a ser sus verdugos; a hacer injusticia por la propia mano. Confrontadas con la amenaza del salvajismo exhibido en Nueva York, Beirut o París, las sociedades abiertas cuestionan la amplitud de sus libertades, con riesgo de olvidar el precio pagado para conquistarlas, sea en la Revolución francesa o en los campos de batalla de dos guerras mundiales.

El problema se lo planteó Estados Unidos y ahora lo confronta Francia, donde el extremismo del Estado Islámico alienta otros radicalismos, siempre propensos a culpar a la inmigración y ahora armados con el formidable arsenal del temor, el deseo de venganza y una ira totalmente comprensible.

Estaba en Nueva York cuando Al Qaeda atacó las Torres Gemelas. Mis hijas, entonces muy pequeñas, están entre las últimas visitantes de aquellos imponentes edificios. Las había llevado el día anterior –10 de setiembre del 2001– y disfrutamos la vista de Manhattan hasta muy entrada la tarde. La mañana siguiente, las torres sepultaron a miles de inocentes y sumieron a la ciudad en un pesar difícil de describir e imposible de explicar a dos chiquillas de tan tiernas edades.

No es elegante confesarlo. La ira no viste bien, pero la sentí. También el deseo de venganza. No todos tenemos la entereza del parisino cuya esposa falleció en los atentados de la semana pasada y, no obstante, se declara decidido a no entregar su odio a los terroristas responsables. Esto lo hace más admirable y, a uno, más ordinariamente humano.

Pero más allá de las emociones, sea por amor al prójimo o por infligir una derrota a la barbarie, es preciso recordar lo que nos distingue de ella, sobre todo cuando el salvajismo lo pone a prueba.

La tortura no tiene cabida en los países comprometidos con el respeto a los derechos humanos y la recolección de inteligencia debe hacerse con salvaguarda de las libertades públicas. No puede haber censura previa y el respeto a la conciencia, en particular la religiosa, es tan indispensable como el debido proceso, diseñado para distinguir al inocente del culpable. La compasión obliga a extender la mano al prójimo necesitado, sea refugiado o inmigrante.

Contra esos valores lucha el Estado Islámico. Se impone una respuesta implacable, como la prometida por el presidente François Hollande, mas no la renuncia a tan caras conquistas de la política y el pensamiento democrático.

Esa sería, en definitiva, una victoria lamentable del Estado Islámico. Es, también, su más terrible amenaza.

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Armando González R.

agonzalez@nacion.com

Editor General Grupo Nación

Laboró en la revista Rumbo, La Nación y Al Día, del cual fue director cinco años. Regresó a La Nación en el 2002 para ocupar la jefatura de redacción. En el 2014 asumió la Edición General de GN Medios y la Dirección de La Nación. Abogado de la Universidad ...

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