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Actualizado el 13 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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En mis tiempos de joven estudiante solía borronear piezas que me atrevía a llamar cuentos y algunas de ellas vieron pálida luz en publicaciones efímeras llamadas revistas literarias, una de las cuales no pasó del número cero –edición experimental de unos 200 ejemplares– que pifió como cachiflín mojado en un turno de octubre.

Antes de correr el riesgo de perder las mandíbulas molidas por la risa, tomemos en cuenta que ese era el destino de la mayoría de las nuevas revistas literarias, a las cuales vinieron a sustituir luego, con resultados semejantes pero menos costosos, las nuevas revistas literarias... electrónicas. Con todo, tales esfuerzos siguen valiendo la pena y merecen aplauso.

Sin embargo, no se puede decir lo mismo de un fenómeno similar, el de la creación de nuevos partidos políticos, que solo una cosa tiene en común con la antigua aparición de nuevas revistas de arte: esconde a veces la confesión de fracaso de viejos políticos, como en el otro caso se disimula el fracaso de viejos artistas. Y, como en todo, una cosa lleva a la otra.

Perdí en el limbo de papel reciclado al que fueron a dar aquellas revistas frustradas –en mi época no existían aún los registros electrónicos– el texto de un cuento breve en el que recuerdo haber narrado la historia de un ciudadano que temía caer en la locura porque su mente se comunicaba con una colonia de amebas refugiada en sus intestinos, y esta le estaba volviendo la vida imposible advirtiéndole por la vía nerviosa que en su dieta abundaba un alimento que, aunque al hombre le gustaba mucho, les causaría la muerte a ambos en poco tiempo. Y, claro, el pobre diablo lamentaba no poder recurrir a un médico por miedo a que este ordenara su internamiento en el hospital psiquiátrico.

La historia embarrancaba en un final propio de un mal cuentista: el hombre, un alajuelense al que yo decía conocer, se dirigió a una farmacia en busca de un medicamento apropiado para matar amebas, el farmacéutico le recomendó uno muy eficaz, él se tomó las pastillitas y colorín colorado. ¿Cuánto tiempo más vivió el pobre cretino después de acabar con sus fieles simbiontes? No me ocupé de contarlo, pero la gana de volver a leer aquel relato que me daría pereza reescribir, me nació con motivo del ridículo sainete montado por los dirigentes del PUSC.

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Pero la floja alegoría del cuento es aplicable a casi todos los dirigentes políticos del país, viejos y nuevos, que ven en los ciudadanos una simple colonia de amebas votantes y, a pesar de las advertencias que reciben de ella, siguen hartando y repartiendo la misma bazofia electorera de siempre.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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