Opinión

‘Aeternum vale’

Actualizado el 03 de junio de 2017 a las 10:00 pm

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‘Aeternum vale’

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Mi pésima vena literaria me jugó una mala pasada. Al comienzo, la idea me hizo reír para mis adentros, pero después de escribirlo descubrí que, por siniestro, el relato que tenía entre manos jamás podría ser publicado. La trama básica de la historia era esta: tras la disolución de la URSS, las autoridades rusas deciden poner bajo tierra el cuerpo embalsamado de Stalin, pero un partido comunista africano o latinoamericano les sugiere que, con el fin de dar a los últimos nostálgicos estalinistas la oportunidad de rendirle un homenaje de despedida al aún querido líder, permitan que la momia, antes de ser inhumada, haga un prolongado peregrinaje por los países en vías de desarrollo. La sugerencia es aceptada, el cuerpo del georgiano se pasea por el mundo durante dos años y, en el hemisferio occidental, recibe abundantes pero discretos honores en una veintena de Estados independientes que van desde México y Cuba hasta Argentina y Chile.

La idea de escribir este burdo relato me sobrevino, como un golpe de humor negro, cuando trajeron a Costa Rica a un desprestigiado líder político griego para presentárnoslo como el sumo sacerdote de la ya desvaída iglesia socialdemócrata de Europa. Que la comparación humorístico-literaria no era exagerada, lo vendría a demostrar el hecho de que poco tiempo después los electores griegos enterrarían, bajo el peso de una demoledora y tal vez definitiva derrota, al Pasok, el partido socialista democrático de su país. Luego, con el insigne cadáver político presidiendo la Internacional Socialista, me resultaba sencillo imaginarlo dedicado exclusivamente a la tarea de administrarles la extremaunción ideológica a los cada vez más irrelevantes partidos del puño con la rosa roja.

La debilidad literaria del cuento –al que tal vez se le debería añadir un capítulo sobre la metamorfosis tipo Frankenstein de las cofradías políticas iberoamericanas de la misma franquicia– no es la única razón que tengo para no publicarlo. Existe otra: los lectores podrían encontrar sospechoso su parentesco con aquel viejo relato de Vladimir Voinich en el que, para garantizar la inmortalidad de Stalin, antes de su muerte trasplantan su cerebro a un satélite artificial desde el cual el dictador seguirá siendo amo y señor de la URSS. En verdad, me aterra pensar que por una falsa interpretación me pudieran atribuir la intención de promover algunas inmortalidades indeseables.

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