Opinión

La ciudad difusa

Actualizado el 22 de mayo de 2004 a las 12:00 am

El vehículo ha llegado a regir la planificación urbana

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En la actualidad se pueden encontrar dos modelos urbanos de ocupación del territorio. Por un lado encontramos al tipo de ciudad denominado complejo y compacto y, por otro, se halla la ciudad difusa, la cual goza de ser dispersa y extensiva. Sin embargo, se debe rescatar que ambas figuras no se encuentran en un estado puro; por ello, todo aporte que se hace en la materia es con la intención de simplificar, en lo posible, a tan árida temática.

Dentro de la tendencia actual el urbanismo se ha llegado a concebir como la implementación de usos y funciones en un determinado espacio geográfico, pero de modo disperso, que si bien intenta conseguir la compatibilidad entre los usos y la mejor ubicación de las actividades económicas, lo que ha resultado es en un modelo urbanístico anárquico y expansivo que poca esperanza deja para las generaciones venideras.

El modelo de la ciudad difusa busca una planificación funcionalista, en la cual se zonifica un espacio tomando en consideración una única función. De esta manera se ha alcanzado un absurdo pandemónium urbano que separa las posibles funciones a ejercitar, de forma tal que encontramos físicamente apartadas a las universidades de las residencias, las áreas comerciales de las zonas recreativas y las oficinas de las instituciones públicas. Ello ha propulsado un sentimiento de limitación para las funciones urbanas de los ciudadanos ya que crea una homogeneización entre los usuarios y una clara reducción de las funciones en todas las áreas del complejo urbano, sean zonas residenciales o de esparcimiento, comerciales o culturales; en fin, una estructura poco sistémica y nada pragmática.

Esta teoría, cobijada por el apócrifo y engañoso manto de la comodidad y la accesibilidad, ha degenerado en complejas tramas viales que no solo generan una clara afronta a la calidad de vida de los ciudadanos, sino que arremete contra la calidad ambiental del planeta, derivada de las cuantiosas emisiones de gases como el dióxido y el monóxido de carbono.

Así es como el vehículo motorizado ha llegado a regir a la planificación urbana, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, impulsada por una red vial que en poco tiempo se ha convertido en el verdadero ordenador del territorio. Este fenómeno ha llevado a que en unos treinta años un gran número de las ciudades europeas y sus regiones metropolitanas se hayan duplicado y, en ciertas ocasiones, hasta triplicado. Por lo tanto, la dispersión edificatoria y la necesidad de transporte para personas, materia y energía ha incrementado el uso masivo de medios de locomoción.

La tendencia de la ciudad difusa ha terminado por crear una malla de carreteras que no solo ha separado las funciones en el espacio, sino que, aún peor, ha logrado ser el responsable de la segregación y el aislamiento de los sectores con base a su capacidad económica, ocasionando verdaderos anillos de pobreza y marginación.

Ahora bien, el modelo de ciudad compacta es un corolario de la ecología urbana contemporánea; sin embargo, sus cimientos se pueden ubicar largo tiempo atrás. Esta concepción que se encuentra en boga fue inicialmente esbozada por reconocidos urbanistas como Cerdá, Howard, Geddes y Le Corbusier.

El modelo compacto. En las últimas décadas el modelo compacto ha sido la base de la gran mayoría de las reformas urbanas de los países primermundistas. En la ciudad compacta se busca una continuidad formal, multifuncional, heterogénea y diversa a lo largo del territorio, ello permite un mayor grado de complejidad de sus partes internas, piedra angular de un vida social entroncada y un estadio económico más competitivo, sin llegar a prodigar los preciosos sistemas naturales, mismos que son el eje que fundamenta la existencia y el futuro de nuestra especie.

Por lo tanto, siendo el nuestro un estado democrático social ecológico de derecho, surge la imperiosa necesidad de adaptar el ordenamiento territorial patrio a las más novedosas ecotécnicas, de forma tal que siguiendo los lineamientos de tan prestigiosos pensadores como Wackernagel, Todd, Rees, Rodgers, Ruano, y Rueda –quien recientemente nos brindó sus valiosas enseñanzas– podamos forjar una planificación ecourbanística que asegure un adecuado marco de vida para saciar las necesidades de las generaciones presentes y futuras.

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