Opinión

¿Qué bienestar buscamos?

Actualizado el 02 de agosto de 2007 a las 12:00 am

La mayoría del pueblo tiene dudas sobre cuál será el camino al desarrollo

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Muchos recordarán aquel hermoso cuento de Tolstoi. Un zar enfermo a quien un trovador predijo el remedio: “Debe vestir la camisa del hombre feliz”. El diagnóstico despertó grandes esperanzas, pero, cuando hallan al fin un hombre verdaderamente dichoso, surge el desenlace imprevisto: el hombre feliz no tenía camisa. A menudo ha servido el cuento –contra el espíritu del autor– para predicar una práctica de frugalidad que idealiza la pobreza para quienes la padecen, pero que no altera las prácticas acumulativas de los más privilegiados.

El ideal de felicidad, materializado en metas de bienestar, sigue estando en el horizonte, ya no de zares incurables, sino de pueblos como el nuestro, marcados por pobreza y desigualdad, que buscan su desarrollo. Pero, como en el cuento, el viejo dilema se replantea: ¿Estará el bienestar en producir –y ahora exportar– una mayor cantidad de “camisas” y de toda clase de bienes? ¿O consistirá, más bien, en que cada país adopte un estilo de vida diferente, acorde con las limitaciones del planeta y con las necesidades de las grandes mayorías? ¿Se trata solo de producir más, y con más eficiencia, o de cambiar las prácticas de consumo y la concentración de riqueza?

La economía contemporánea ya ha hecho su elección. La “corriente principal” de la economía –para otros, simplemente “neoliberalismo”– ha apostado al comercio mundial como motor del crecimiento, al posicionamiento dentro de la globalización, al mejoramiento competitivo, a atraer inversiones extranjeras, a las medidas que liberen las fuerzas del mercado. Ha apostado al TLC con los EE. UU., aunque digan que no lo ven como la panacea. Y ha dejado “para más tarde” las decisiones de un desarrollo incluyente más equitativo.

Ni bienestar ni desarrollo. El problema está –al menos para el grueso de la población del tercer mundo– en que estas medicinas y sus derivadas, tras más de dos décadas de aplicación, no han traído el bienestar y el desarrollo esperado para todos. Se aumentaron la producción y el intercambio mercantil, los beneficios de empresas exportadoras y entidades financieras, pero la pobreza no ha desaparecido –en números absolutos, ha aumentado–. Y, conforme a todas las medidas, la desigualdad crece. Son cada vez más los que viven “sin camisa”, no por opción ni abrazados con alegría a su estado, sino envidiando el nivel de vida de grupos y países privilegiados, que se pierde cada vez más rápido del campo de visión de los pobres.

Los defensores de la estrategia de crecimiento vigente expresan su condolencia ante tanta víctima colateral, al tiempo que consideran inevitable aceptar que en estos procesos siempre habrá “ganadores y perdedores”, y se apresuran a reconocer la necesidad de complementar la dinámica económica con “políticas sociales”. Algunos reiteran el viejo eslogan sobre la “aplicación insuficiente del modelo”. Otros piensan que lo inteligente –expresiones gastadas, pero que suenan lógicas– no es “regalar pescados” a los pobres, sino “darles cañas de pescar”. Pero se trate de camisas, pescados o cañas de pescar, de transferencias o de programas complementarios de capacitación, las dudas permanecen para la mayoría del pueblo sobre cuál será el camino al desarrollo. Porque visto, al menos, desde Centroamérica, la estrategia de crecimiento asumida desde la década de 1980 no ha funcionado. Lo muestra la terquedad de los hechos más que la de algunos teóricos.

Más problema que solución. Concebir el éxito económico solo en términos de recursos, de consumo o productivos, ha mostrado ser un punto de vista muy limitado. Esta riqueza no se identifica de manera automática con el bienestar. En casos extremos, ha probado ser fuente de problemas, más que solución. Al límite, ha llegado a hablarse de “acabar con la maldición de los recursos”, como lo expresó R. M. Auty y nos lo recuerda J. Stiglitz en un libro reciente. Ambos hablan de la “paradoja de la abundancia” de países ricos en recursos naturales, que cuentan con tasas de crecimiento más bajas y de pobreza más altas que otros países con menos riquezas. Son naciones que no logran obtener por sus recursos todo su valor, o que no saben o no pueden hacer uso adecuado de ellos.

Stiglitz enumera situaciones complicadas, generadas por la sola abundancia de recursos. La violencia entre los más fuertes y los más débiles en su afán de apropiación es el punto más extremo, pero con menos dramatismo está la inestabilidad política, la corrupción y la rapiña por parte de gobiernos dictatoriales o autocráticos. Los ciudadanos no pueden poner realmente coto al robo de fondos públicos y al abuso de los monopolios. Por demagógico que parezca, la realidad muestra que la dinámica política de países ricos en recursos suele conducir a unos niveles elevados de desigualdad, porque quienes controlan los recursos naturales utilizan esta riqueza para mantener su poder económico y político. “La riqueza genera poder, un poder que permite a la clase gobernante mantener ese poder” (Stiglitz).

Obsesionarse con el posicionamiento internacional, olvidando la desigualdad interna, no es construir bienestar real, es preparar un suicidio a mediano plazo.

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