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Del ahogado. ¿el sombrero?

Actualizado el 20 de abril de 2005 a las 12:00 am

Globalización: primero, despejar el campo; luego, distribución más justa entre opciones factibles

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Hace unos meses, en una visita al Congreso de los Estados Unidos, estimables obispos centroamericanos plantearon sus inquietudes sobre algunos de los contenidos del CAFTA. Una preocupación se refería a las malas condiciones del empleo de mujeres que trabajan en la maquila. Ante esto fue llamativa la reacción del presidente del Subcomité para el Hemisferio Occidental, de la Cámara de Representantes. Tras admitir que la situación de las empleadas quizás no era ideal, el congresista dijo a los Prelados visitantes: "¿Preferirían ustedes que esas mujeres estuviesen en la calle o que cuenten, al menos, con estos empleos?".

Se trataría casi de un hecho pintoresco, si no fuera porque el caso ilustra lo que es un frecuente defecto de razonamiento al discutir políticas económicas o tratados comerciales en una economía globalizada. La posición del diputado parece reproducirse cada vez que se reduce el debate en esos campos a las preguntas: "¿Estaríamos mejor con TLC o sin TLC?", "¿Mejor insertándonos en la economía internacional o permaneciendo aislados?", "¿A favor de la globalización o en contra?". Plantear la cuestión en estos términos pierde el meollo del asunto, sobre todo desde la ética económica, que es la que interesa en estos párrafos.

Si se pudiera hablar del tema sin ningún apasionamiento, el sentido común con una perspectiva social encontraría un planteo alternativo de la discusión, según se verá enseguida. Pero, como hablar del Tratado de Libre Comercio y de otros temas de inserción en la economía globalizada conlleva comprensiblemente una buena carga emotiva, ayuda recurrir al razonamiento de un economista reconocido, como Amartya Sen. En torno a lo que él llama un "juicio al globalismo", brinda un par de ideas sencillas para guiar la discusión sobre lo que puede llamarse "justicia global" o "justicia en el comercio internacional".

Dos ideas. La primera idea apunta a despejar el campo. Lo que se discute en estas materias, desde la perspectiva ética, no es la conveniencia del desarrollo tecnológico, ni la de la integración internacional, ni siquiera la de la eficacia de las relaciones comerciales. El tema discutible es el de las condiciones en que estos aspectos de la globalización tienen lugar: es decir, si la forma como están funcionando en concreto contribuye o no a una más justa distribución de los enormes beneficios de la globalización. Este es el tema de la justicia global pero, en realidad, ¿qué se quiere decir con esto?

Un segundo pensamiento aclara el anterior. Lo que hay que considerar en cada caso no es si cada acuerdo comercial o cada política económica mejoran algo o no la situación de los pobres. No se trata de ver si antes o después de la apertura, o de un acuerdo, un país está mejor o peor que antes. En términos familiares a los economistas, no se trataría de ver si la desigualdad crece o disminuye marginalmente, tras un acuerdo entre las partes. Pero eso es ya otro asunto. La pregunta ética central es, precisamente, si la nueva situación lograda es la que genera efectos distributivos más justos entre las alternativas factibles.

Cultura ética. Sen recurre, como refuerzo de razonamiento, al economista John Nash, especialista en teoría de juegos. A los lectores el nombre es familiar, al menos por el filme Una mente brillante. En su análisis, allí donde hay ganancias de la cooperación se dan muchos posibles arreglos, en cuyo caso lo central no es si un acuerdo particular de cooperación es para todos mejor que no tener ninguno, sino si con el acuerdo específico se produce o no una división de los beneficios aceptable y justa para todos.

Ese arreglo entre las partes afectadas potencialmente por un tratado, o por otras políticas económicas, es esencial para que los resultados sean, entonces, considerados justos. Lo deseable y lógico, por tanto, es que se alcance ex ante , durante la elaboración del tratado. Si no se ha hecho así, pareciera que la única forma de aproximarse a lo justo es ejecutando al mismo tiempo otras medidas complementarias radicales. Pero no solo las que mejorarán la competitividad, o que traen los cambios que un tratado exige en las leyes locales.

Se trata, más bien, de las políticas y modificaciones institucionales, nacionales y externas, que apunten directamente a los problemas de distribución de beneficios esperados, que es lo que está éticamente en juego.

En economía, como en futbol, no vale guiarse por el dicho "del ahogado, el sombrero". No vale quedar satisfechos con que "al menos vamos mejorando en comparación con la vez pasada". Por ese camino, ni en deporte llegaremos al Mundial ni nos desarrollaremos en la globalización ni podremos generar una cultura ética en nuestra economía.

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