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Actualizado el 22 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Una de las características de la actual política nacional es la inmadurez de los dirigentes, no de todos, por supuesto, pero sí de los suficientes, los más bulliciosos y demagogos, para desviar la atención del país de cuestiones importantes.

Esta inmadurez se palpa en las declaraciones u opiniones sobre los asuntos públicos, donde no se distingue entre lo esencial y el simple juego político, y, sobre todo, en el irrespeto a la institucionalidad, al principio de autoridad o a las celebraciones patrias. Así, se escogen a propósito ciertas fechas o actos para sembrar la confusión o para mezclarlo todo. Lo vimos en la celebración de la batalla de Rivas, el 11 de abril pasado, donde hubo que establecer un cerco policial para proteger a la presidenta de la República y a los funcionarios públicos.

Ahora se tiene noticia de la programación de protestas y amenazas, este 25 de julio, con ocasión de los festejos de la Anexión del Partido de Nicoya. En este sentido, la presidenta Chinchilla denunció a ciertos grupos que utilizan las celebraciones patrias para “poner en relieve otras plataformas ideológicas o partidarias, a lo que el Gobierno no puede prestarse. Lo que queremos, expresó, más que ofrecer un acto político, es una celebración revestida de elementos culturales”.

Por su parte, el ministro de Comunicación, Carlos Roverssi, declaró que el Partido Frente Amplio organiza protestas en Guanacaste, en dicha fecha, con fines políticos. Al mismo tiempo, una veintena de grupos sociales ratificaron que el 25 de julio irán a Nicoya a protestar contra el Gobierno. Su fin, como se sabe, no es la simple protesta, sino la acción política para ensuciar un acto cívico y, a la vez, la instrumentalización de un acto cívico para exaltar un partido político, que, por cierto, no representa los valores genuinos del pueblo de Costa Rica.

El Gobierno no debe permitir estas confusiones ni que se utilicen los actos cívicos con fines políticos. Más bien, su deber es actuar a tiempo. La complacencia o el temor ante estos grupos de presión minoritarios o minúsculos va minando, poco a poco, el sistema democrático, y la misma actividad política. Ha de ser, por ello, motivo de honda preocupación el decaimiento político en nuestro país por la labor directa o de zapa de estas agrupaciones que invocan los valores de la democracia con fines espurios.

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El estado actual de la política nacional no deja dudas sobre la calidad y la falta de liderazgo en los partidos políticos, sobre todo en lo concerniente a la oposición, lo cual significa carencia de ideas y de programas en una coyuntura nacional y mundial donde son estas, junto con la voluntad y la ética, la tabla de salvación.

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