Opinión

Triquiñuelas de un politólogo

Actualizado el 17 de agosto de 2004 a las 12:00 am

Exaltación de la injerencia estatal contra evidencia empírica

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El politólogo Jaime Ordóñez presenta una serie de datos tendientes a mostrar que un aumento en la carga tributaria –más impuestos– es un requisito “obligatorio” para el desarrollo económico. Lejos de probar su tesis, Ordóñez demuestra sin notarlo el grado extremo de triquiñuelas que se requiere para defender una observación tan indefendible.

Según Ordóñez, España logró salir de la pobreza gracias a un aumento sistemático de la carga tributaria que empezó en 1982 y alcanzó su pico en 1996. Para él, esta política contribuyó a que el PIB per cápita español sea más alto hoy que en 1981. Empero, falla en mencionar que para 1996 el desempleo afectaba al 22,4% de la población activa, y el déficit público se situaba en el 6,6% del PIB. Durante el periodo de 1982 a 1996, el PIB per cápita creció a un mediocre 2,5% anual, que luego se hizo insostenible. Fue una reducción de 5 puntos en la carga tributaria llevada a cabo por Aznar a partir de 1996, lo que contribuyó a levantar el crecimiento de la economía española, para situarla en los niveles actuales.

Además, Ordóñez cometió el “pequeño” error de tomar para inicio del período un PIB per cápita en dólares corrientes y al final del período, en vez de los $16.307 corrientes, usó dólares ajustados al poder de compra que dan $21.460.

Análisis apresurado. Lo mismo hizo en el ejemplo finlandés. Finlandia también muestra el análisis apresurado de Ordóñez. Ciertamente a partir de los setentas, este país empieza a aumentar su carga tributaria hasta alcanzar un promedio del 40,6% en los noventas. Hoy Finlandia cuenta con un PIB per cápita mayor al de 1980. No menciona Ordóñez que este país sufrió una aguda depresión a inicios de la década de 1990, que lo obligó a reducir su carga tributaria en casi 4 puntos con el fin de reactivar la economía. El déficit público alcanzó el 7% del PIB en 1993, a pesar del aumento en los impuestos. Durante el período 1986-1993, la tasa de crecimiento del PIB per cápita promedió el –0,1% anual. La OCDE indica que “a pesar de la reducción de las tasas sobre la renta a mediados de los noventas, los altos impuestos… todavía obstaculizan el potencial de crecimiento”.

También es cierto que Irlanda aumenta espectacularmente su carga tributaria durante los ochentas, hasta un 46% del PIB. La consecuencia –que no menciona Ordóñez– fue que para 1987 el Gobierno se enfrentó con una seria crisis fiscal en que el nivel de deuda acumulada llegó al 116% del PIB. El crecimiento del PIB per cápita de 1980 a 1987 fue del 1% al año. A partir de los noventas, cuando Irlanda reduce su carga fiscal en 12 puntos, empieza entonces a experimentar un crecimiento del PIB per cápita del 5,7% anual.

Cambios obligados. Si algo debemos aprender de estos casos es que un aumento en la carga tributaria conlleva a serias crisis fiscales que obligaron luego a cambiar el rumbo y a reducir los impuestos. Las cargas permanecen altas en comparación con Costa Rica, pero el desempeño económico de estos países también depende de otras reformas de mercado llevadas a cabo y de la dirección hacia la baja en los impuestos. Si aumentar la carga tributaria fuera una condición “obligatoria” para el crecimiento de la economía, estos países, al igual que otros dentro y fuera de Europa, no se habrían visto envueltos en severas crisis fiscales y estarían aumentando sus impuestos en lugar de ver cómo los bajan.

El señor Ordóñez demuestra que los intervencionistas son capaces de exaltar la injerencia estatal contra toda evidencia empírica, máxime en materia tributaria. Según su razonamiento, más impuestos significan mayor prosperidad; es decir, menos dinero en los bolsillos de los ciudadanos significa mayor riqueza. Su dogmatismo –que proyecta en otros– hace que ni siquiera se cuestione cuánto del actual gasto público es útil ni cuánto se despilfarra. En su afán por más impuestos, don Jaime incluso infiere que la pobreza de Centroamérica se debe a bajas cargas tributarias. ¡Imperdonable simplismo analítico!

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