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Salvemos a San José

Actualizado el 27 de octubre de 2002 a las 12:00 am

Nuestra capital ha estado huérfana por mucho tiempo

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Nos contaba la periodista Irene Vizcaíno, gracias al aporte de la historiadora Clotilde Obregón, en un reportaje del domingo pasado, que Florencio del Castillo, nuestro diputado ante las Cortes de Cádiz, logró para San José el rango de ciudad, pese a ser una aldea de “notoria fealdad”. También nos decía que nuestra capital comenzó a poblarse, en el siglo XVIII, a punta de amenazas y severos castigos de parte del alcalde de Cartago.

Ahora, en los albores del siglo XXI y del tercer milenio, es San José la que amenaza a los habitantes y al comercio establecido por su anarquía urbana, el desorden imperante, la congestión vial, la falta de estacionamientos, la contaminación, la inseguridad ciudadana y las ventas callejeras, entre otras desventuras. Según el director de Urbanismo de San José, Vladimir Klotchkov, se calcula que el 20 por ciento de las personas que llegan a la capital diariamente lo hacen para tomar otro autobús, y poco más de la mitad de los vehículos solo la atraviesan. Es decir, San José ha creado sus propias desventuras y a ellas ha contribuido, desde 1939, la proteccionista Ley de inquilinato , que conspiraba contra los derechos e intereses de los propietarios de casas y edificios, y, en las dos últimas décadas, la ausencia de planeamiento urbano y vial en el área metropolitana, así como las consecuencias de la crisis municipal en el país y de la obesidad e ineficiencia del propio Estado. Las causas citadas han hecho que retorne “la fealdad notoria” y que, desde 1970, haya comenzado el éxodo de la gente de sus cuatro distritos centrales, Carmen, Merced, Hospital y Catedral, hacia la periferia.

En la última década la dispersión josefina de los habitantes y del comercio se ha tornado más impetuosa, por lo que, de no actuar con prontitud, visión y eficiencia, las consecuencias económicas y sociales serán mucho más graves. Así lo pone de manifiesto el reportaje de ayer de La Nación , continuación del anterior, sobre la inspección que realizó el Ministerio de Salud, con la Fuerza Pública y la Municipalidad, el viernes pasado, en algunos hoteles y pensiones, en una de las zonas más críticas de San José. En esos lugares, de la fealdad se ha pasado a la degradación del ser humano y a la inobservancia de todas las leyes sanitarias. No hace falta agregar más pruebas o razones para que el Gobierno de la República y la Municipalidad de San José acudan en defensa, protección y resurrección de la capital. En este sentido se han elaborado algunos planes, como el embellecimiento de parques, la construcción de bulevares, fluidez de la circulación, rehabilitación arquitectónica, seguridad ciudadana, sectorialización de los autobuses, tratamiento de aguas negras... con el propósito de lograr su repoblamiento no mediante amenazas y sanciones, como en el siglo XVII, sino por su limpieza, orden y seguridad, esto es, por las posibilidades y estímulo que ofrezca para fomentar la calidad de vida.

No bastan, con todo, las buenas intenciones ni las iniciativas personales o institucionales, por magníficas y atractivas que parezcan. Si no se trabaja conforme a un plan integral, rectamente concebido y mejor ejecutado, con el aporte de los especialistas en la materia, la medicina puede ser peor que la enfermedad, y San José, en vez de salvarse, seguirá inexorablemente el curso que lleva. Otras ciudades en el mundo han recobrado la vida y las ganas de vivir en ellas. No hay razón alguna, ni siquiera la falta de recursos, para alcanzar el mismo objetivo con imaginación, planeamiento, buena voluntad y constancia.

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