Opinión

Retos de 40 años

Actualizado el 08 de abril de 2007 a las 12:00 am

El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico –Pablo VI

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El 16 de marzo se cumplieron cuarenta años de la publicación de “El desarrollo de los pueblos”, carta dirigida por Pablo VI, no solo a los miembros de la Iglesia, sino además a todas las personas de buena voluntad, en el estilo inaugurado por Juan XXIII. Un documento de esta trascendencia y solemnidad puede ser leído en su contexto original, por el significado e impacto que tuvo entonces. O también desde nuestra propia situación, por los retos que plantea a nuestra actualidad. Desde esta segunda perspectiva se redactan los párrafos que siguen, ubicándose en algunos rasgos del entorno costarricense.

“El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico”, escribió entonces el papa Montini. Las décadas que siguieron a esta afirmación, sobre todo desde mediados de los ochenta hasta la actualidad, se encargaron de hacer evidente su valor, al mostrar cómo tasas aceptables e incluso altas de crecimiento de la producción pueden simultáneamente coexistir con una inequidad cada vez mayor y un aumento del número absoluto de pobres, en el país y en el continente; con la angustiosa inseguridad ciudadana y con el deterioro de infraestructura y servicios públicos. Frente a la indiferencia y la tranquilidad con que a menudo se contemplan los problemas de distribución de ingreso, riquezas y capacidades, la encíclica proclama su inequívoca concepción del auténtico desarrollo como “el paso, para cada uno y para todos de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas”. El éxito de la economía y de la sociedad no se puede medir por promedios ni por agregados de utilidad total. Es el bienestar de “todos y de cada uno” lo que debe marcar las metas de la economía.

Apertura comercial y financiera. Una de las tesis que más escándalo causó al escucharla de boca del Pontífice, es la que sostiene que “la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad”. Entonces pudo sentirse como si la Internacional hubiese sido entonada en la basílica de san Pedro. Hoy, en Costa Rica, mueve a poner la atención en los resultados de la Encuesta de Ingresos y Gastos, para preguntarse a partir de cuál concepto de propiedad se generan las prácticas de consumo reflejadas por este instrumento. El dispendio de una porción significativa del ingreso nacional en lujos extravagantes por parte de un pequeño porcentaje de costarricenses, queda en entredicho al menos desde esta perspectiva del magisterio papal.

Y algo que parece escrito no hace cuatro décadas, sino ayer, por Pablo VI: “Los esfuerzos aun considerables que se han hecho para hecho para ayudar en el plano financiero y técnico a los países en vías de desarrollo, serían ilusorios si sus resultados fuesen parcialmente anulado por el juego de las relaciones comerciales entre los países ricos y los países pobres”. Invierte esa manera de ver los instrumentos comerciales que se ha hecho habitual en algunos sectores, según la cual de su aplicación resulta inevitable la generación de ganadores y perdedores. Para un país como el nuestro, que ha optado por un estilo de crecimiento que privilegia la apertura comercial y financiera, el reto no es el de complementar o tratar de equilibrar los efectos negativos de un tratado comercial, sino procurar que éstos no se produzcan. Es tarea pendiente para los gobiernos el examinar con anticipación a su firma los efectos distributivos probables de una política o de un tratado. La tarea del Estado es ineludible, según el Papa, porque “la regla del libre comercio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son ciertamente evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de poder económico (…). Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman “libremente” en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos”.

La lista de citas relevantes hoy podría seguir, como pueden comprobarlo los lectores que retomen el estudio de la carta. Frente a la crudeza de las anteriores constataciones, Pablo VI llena de esperanza con su llamado a los esfuerzos solidarios por una igualdad de oportunidades en el comercio, en las discusiones y negociaciones. Por un ejercicio del deber de la justicia social y de la caridad universal para construir un mundo más humano en donde el progreso de unos no sea un obstáculo para el desarrollo de los otros. Y, anticipándose a críticas irónicas que todavía hoy pueden escucharse, la carta abre esta perspectiva luminosa: “Algunos creerán utópicas tales esperanzas. Tal vez no sea consistente su realismo y tal vez no hayan percibido el dinamismo de un mundo que quiere vivir más fraternalmente y que (…) se acerca lentamente, aun sin darse cuenta de ello, hacia su creador”.

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