Opinión

Reflexionemos (al menos) un poco

Actualizado el 25 de junio de 2007 a las 12:00 am

Tomar frente al TLC una decisión que sea equitativa y razonable

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Se ha anunciado ya la intensificación de la campaña publicitaria en torno al TLC, en vistas al referendo. No es que empiece ahora, sino que se trata de un incremento de actividades, esfuerzos y muy cuantiosos gastos que ya venían dándose desde meses atrás. No tendría por qué ser motivo de escándalo, pues la publicidad puede cumplir un papel en el mundo moderno, incluso en política. Pero con una condición: que no sustituya ni embarulle la capacidad de los ciudadanos de pensar y de decidir con inteligencia y libertad.

Esto, por desgracia, no es requisito fácil de cumplir. La tentación, en la que ya se incurre con demasiada frecuencia en el área comercial, y a la que ya ha capitulado lo político en las campañas electorales, está de nuevo a la puerta. Contiene el atractivo para quienes ceden ante ella y piensan solo en términos de ganar o perder, de colocar la posición propia como un producto vendible que puede derrotar a los competidores. Pero se equivocan. El resultado y los contenidos del referendo no son comparables con una final de copa de fútbol y menos aún con la disputa entre dos productos comerciales por acaparar un espacio de ventas. Lo que se juega aquí es mucho más serio y por eso la decisión del “sí” o del “no” no debe ser elaborada con base en lo que nos digan, en este caso los spots de radio y TV, las vallas publicitarias, las calcomanías o, peor aún, el correo basura de Internet y de los celulares.

Debate ciudadano. Lo ideal, dentro de una democracia centenaria que quiere, además, seguir madurando, hubiera sido realizar diferentes formas de diálogo y debate ciudadano, en las que no solo se hubieran contrastado las posiciones en pugna –con frecuencia demasiado ideologizadas–, sino que se hubieran intentado dar a conocer de manera honesta los intereses personales y del grupo a que se pertenece, mostrando con transparencia de qué manera consideran que quedan beneficiados o afectados por la aprobación o el rechazo del TLC. Sin resguardarse detrás de esas expresiones genéricas referidas a “intereses de Costa Rica”, “futuro del país” y similares.

Lo ideal hubiera sido que, en ese mismo tipo de actividades, todos los grupos se hubieran colocado en disposición de entender –al mismo tiempo que aspiran a ser entendidos– no solo los argumentos doctrinales, sino, ante todo, los intereses y necesidades de los demás, tratando de ubicarse en la perspectiva de las legítimas aspiraciones de quienes defienden una posición contraria a la propia.

Actitud del Gobierno. Lo ideal, en fin, podría haber contemplado que el Gobierno, como arquitecto social, como coordinador de los intereses de todos los costarricenses garantizara, en igualdad de condiciones, la máxima difusión de esos intereses y necesidades de todos los grupos ciudadanos que están en juego en el TLC. El Gobierno no se debe realmente a un solo grupo o partido.

En todo caso, a escasos tres meses del referendo, lo ideal no parece realizable. Pero sí está al alcance de todos la realización de actividades en pequeña escala –familiar, vecinal, de parroquia, en espacios pluralistas– que ayuden a formarse una opinión y a tomar una decisión que sea racional, equitativa y solidaria. Es decir, que sea, en primer lugar, pensada y que contraste argumentos, que sopese sin negarlos pros y contras que de hecho existen. Que considere, además, la manera como estos beneficios y maleficios del TLC se van a repartir entre la población y, de manera prioritaria, que piense en cómo va a afectar a los más necesitados, a los pobres y a los excluidos de la dinámica de beneficios de la economía actual.

Es cuestión de resistir la propaganda y pensar un poquito.

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