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Pensar y soñar

Actualizado el 01 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Pensar y soñar

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Tengo un amigo a quien le revienta que sus coetáneos le cuenten las “gracias” de sus nietos. Como tenemos la mala suerte de vernos poco, no reventará por mi causa, a menos que lea esta columna. Así que de antemano le anuncio que me referiré a mi nieta de cinco años, a quien conduzco a clase de ballet dos veces por semana, razón por la cual sostengo con ella largas conversaciones.

Un día de estos me hizo saber que había hecho un descubrimiento: “ Tito ”, me dijo, “no le hablé todo este rato porque estaba pensando. Yo siempre estoy pensando. A veces me gusta fijarme mucho en lo que pienso”. Como decíamos cuando de joven estudiaba en Cuba, ¡por un momento me quedé turulato, chico!, y solo atiné a preguntarle: “Y ¿en qué venías pensando antes de hablarme?”. No me respondió directamente, sino que enhebró su reflexión: “ Tito , ya sé qué son los sueños. Como siempre estoy pensando, cuando me acuesto a dormir sigo pensando y eso significa” –juro que así lo dijo– “que los sueños son lo que pienso cuando estoy dormida”.

Ahora lo que me anegó fue una oleada de ternura, ese sentimiento que los machos de nuestra especie tratamos de ocultar para que no nos tomen por delicados.

“Caray, ahora sí que me pusieron una filosofita en esa silla de seguridad del asiento trasero”, eché para mi coleto sin dejar de mirar la ruta, y, aun a sabiendas de que ella no necesitaba estímulos adicionales para seguir pensando, probé con una carga de profundidad: “Decime una cosa: cuando vos y tu hermano se quedan dormidos en la sala viendo la tele, ¿se ponen de acuerdo para estar en el mismo sueño?”. Por supuesto, tan pronto como terminé la pregunta me maldije por zafio, pero a través del retrovisor alcancé a observar que ella ni siquiera había fruncido el entrecejo antes de responder: “No podemos, porque, cuando estamos dormidos, no nos hablamos”.

Tampoco hablamos cuando estamos conmovidos, de manera que guardé silencio. Pero, como lo había descubierto a pura intuición mi tierna nieta, uno siempre está pensando y ahora yo pensaba en qué podemos hacer sus mayores para lograr que ella descubra el mundo así, en plena libertad, usando solo su intuición y su inteligencia químicamente puras, pero me invadió una suerte de tristeza al percatarme de que lamentablemente no será posible protegerla de las perniciosas influencias de predicadores, políticos, propagandistas, portaestandartes, prevaricadores y tantos otros “pes” que, pretendiéndose guías o disfrazados de educadores, harán lo posible por distorsionar sus pensamientos y sus sueños. Pero, en fin, lo que importaba por ahora era su lección de ballet .

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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