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Pandora del año viejo

Actualizado el 18 de febrero de 2010 a las 12:00 am

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Pandora del año viejo

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Pandora del año viejo  - 1
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Pandora del año viejo - 1

Tengo muchas razones para olvidar al año viejo y otras tantas para creer que el 2009 me dejó algunas cosas buenas. De entre estas últimas escojo, para compartir, el descubrimiento de una cantante que, literalmente, me trae de cabeza.

Es negra y española, africana y mallorquina, con una sensualísima voz tejedora de provocaciones que reenvían al flamenco, a la copla, al jazz , al tango, al bolero y a la música ranchera, por partes desiguales que suman una sorprendente totalidad.

Su voz le nace al sur de la cintura y se amplifica remontándose por el resto de su pequeño y atractivo cuerpo azabache, hasta brotar por entre unos dientes separados que le dan un aire malicioso, de mujer entendida en cuestiones de amores y desamores de todos los colores.

Por algo será que se declara “trisexual, trifásica y tridimensional”, pero lo que más interesa de ella aquí es que se trata de una mujer nacida para cantar. Canta con todo, como ella misma dice: con el estómago, las tetas, la nuca, la frente, la boca, las rodillas y los pies.

Lascivia innata. Tengo más de dos meses de escucharla todos los días, con una religiosidad que me turba y me llena a la vez. Oyéndola rasgar con su voz ronqueta las canciones del poeta ranchero José Alfredo Jiménez, inusitado ídolo de Jean-Paul Sartre, entiendo las preocupaciones del exbohemio san Agustín, quien alertó a los primeros cristianos acerca de “los peligros seductores del placer que crea un canto hermoso”. De haberla escuchado, es posible que san Agustín hubiera vuelto a las andadas, porque hay una poderosa lascivia innata en los tres discos que le he podido escuchar.

El primero de estos tres discos, que es el más reciente, de fines del 2009, contiene una presentación de Pedro Almodóvar, quien emparenta a la cantante con la casi-tica-casi-mexicana Chavela Vargas salpimentada por “…resonancias del frenesí de La Lupe, también aparece de vez en cuando Olga Guillot, y en el revoloteo de sus manos y el modo de plantarse erecta frente al micrófono recuerda a Lola Flores”. ¡Tantas mujeres en una sola!, digo yo, y siento que no puedo seguir ocultando su nombre: María Concepción Balboa Buika, más conocida como Concha Buika, más conocida como Buika. Simplemente Buika. Grande, Buika, grande. Grandísima.

Buikano confeso. Desde ese primer disco que, como digo, es el más reciente, titulado El último trago , me hice buikano confeso e irretractable. No porque El último trago sea un sabroso compendio de algunas de las canciones que hicieron famosa a la nonagenaria, exetílica y deschavetada Chavela, ni porque Buika se haya hecho acompañar de otro genio, el finísimo pianista y arreglista cubano Chucho Valdés, ni porque el brillante productor resulte ser el guitarrista español Javier Limón.

Eso está bien, muy bien. Pero la verdad es que me volví buikano porque la garganta mágica de la seductora guineana resucita temas eternos como Soledad , Sombras , Las ciudades, Un mundo raro , Somos , Se me hizo fácil , Vámonos y, especialmente, Cruz de olvido , glorificada y rejuvenecida por Buika con estremecedores refinamientos interpretativos que te acercan al puente azul de la Nostalgia, que pasa sobre el río impúdico de la Melancolía.

Y sin antídoto. Con el segundo disco que escuché la temperatura subió. Los médicos que me atendieron en una discoteca aseguraron que contra el buikanismo no existe antídoto. Animado por esta sentencia de muerte feliz, me entregué a escuchar como si fuera la extremaunción Mi niña Lola , una enternecedora copla que le da el título a ese compacto del 2006. “Mi niña Lola, mi niña Lola, mientras que viva tu padre no estás en el mundo sola”… Siguieron diez canciones que fueron otros tantos intentos de robarme el alma. Todos lo lograron, dicho sea de paso, encabezados por Ojos verdes , Nostalgias , y Jodida pero contenta , una especie de himno personal escrito por la indomable Buika, quien dice componer para no odiar y cantar para no volverse loca. Claro, ella sí puede volver locos a los demás, y nadie se lo cobra. Au contraire…

Sin metadona musical disponible, pasé al tercer disco, Niña de fuego , horneado en el 2008 por esta mujer de fuego que en el brazo izquierdo lleva tatuados los nombres de sus diosas: su bisabuela, su abuela, una tía, su madre, sus hermanas y sobrinas, mientras que su limpio hombro derecho, dice, es para llevar los golpes de la vida.

En Niña de fuego , Buika enreda y desenreda coplas y rancheras, encandilando el oído y las entendederas con Culpa mía , Árboles de agua , y Volver, volver , además de dar la puntilla con letra y música de su autoría como Miénteme bien , que es la máxima aspiración de los amantes derrotados.

“Tomá, Gerardo”, parece decir, “bebé de esta agua especial para sedientos”. Lo bueno es que cuanto más tomo de su agua, más sed siento… Cuando Buika canta, lo da todo. Como poetisa Joaquín Sabina, “Lo que tiene lo da porque necesita destapar su cajita de niña Pandora”.

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