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Actualizado el 13 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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Vivimos en una zona de terremotos, huracanes, inundaciones y derrumbes, lo que los expertos denominan un “escenario multiamenazas”. El terremoto de la semana pasada fue el más reciente y duro recordatorio de una realidad ante la cual ninguna previsión es innecesaria, y ninguna, superflua. Luego de un minuto que se hizo eternidad, tiempo de desorientación y miedo, los impactos no fueron tan devastadores, como podrían haber sido, dada la potencia del evento, capaz de levantar casi un metro ciertas partes de la costa guanacasteca.

¿Por qué nos salió más barato de lo que pudo haber sido? Una parte de la explicación obedeció a factores geológicos fuera de nuestro control, que minimizaron daños en zonas densamente pobladas. Tuvimos suerte. Sin embargo, otra parte se debe a estándares mejorados de construcción y a un comportamiento de la población que, pese a conatos de histerismo, fue relativamente ordenado. Aquí no obró la suerte sino la previsión.

No siempre la geología jugará a favor nuestro y entonces dependeremos enteramente de la calidad de nuestra preparación. Los expertos denominan esta preparación la gestión social del riesgo, que incluye un amplio abanico de frentes de trabajo, algunos ligados a la calidad constructiva de infraestructuras y viviendas, otros relacionados con los sistemas de comunicación en condiciones de emergencia, con la capacidad de la población para seguir instrucciones, entre otros, nada de lo cual se improvisa. En algunos de estos temas, hemos tenido progresos, pero en otros andamos en pañales.

Hay dos áreas críticas que elevan nuestro riesgo frente a eventos naturales. Una es la fragilidad de nuestras principales carreteras y puentes, tanto por su trazado como por su condición, muchas de las cuales pueden dañarse con facilidad. Otra es la falta de políticas de ordenamiento territorial, como resultado de lo cual tenemos población e infraestructuras en lugares equivocados. Un ejemplo de esto, esparcido por todo el territorio nacional, son las comunidades construidas en empinadas laderas o invadiendo el cauce de ríos.

La mayoría nos acordamos de las fuerzas de la naturaleza solo cuando estas se desatan. En la práctica delegamos “el tema” en la Comisión Nacional de Emergencias y lo que pueda hacer, y en la educación a niños y adolescentes. Además, nos sentimos eximidos cuando en las maratónicas donamos para los damnificados. No alcanza. Tampoco alcanza, aunque ayuda, que los políticos lideren después de los hechos. El punto es, con preparación, minimizar los daños. Ninguna previsión es suficiente pues incluso Japón –un país modelo– ha sufrido terriblemente por eventos naturales. Pero ha evitado males peores.

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