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Actualizado el 22 de julio de 2010 a las 12:00 am

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¿Es toda diferencia en la dotación de recursos de que disponen las personas, una desigualdad social? ¿Es toda desigualdad social una desigualdad moralmente repugnante? Estas preguntas parecieran habitar el terreno de la teoría; sin embargo, la manera como se las conteste tiene implicaciones concretas. Partamos del hecho de que el mundo real es el terreno de las diferencias. En toda sociedad humana conocida, sus integrantes han sido diferentes entre sí por algún criterio relevante: unas personas son más inteligentes que otras o tienen más suerte; algunas escogen una profesión u oficio más lucrativo; aquel pegó un buen negocio y este ebanista es mejor que el otro. (Y vean que podemos ser diferentes sin que por ello unos tengan que ser pobres: podemos ser diferentes y nadie pobre).

Matemáticamente, toda diferencia es una desigualdad: si alguien tiene más de algo, ya no es igual. Sin embargo, no toda diferencia es una desigualdad social: para que lo sea, se tienen que cumplir al menos tres requisitos. El primero es que las diferencias se originen en situaciones independientes de la capacidad e inteligencia de las personas; es decir, que sean sistemáticas y las afecten en virtud de su pertenencia a un grupo social. El segundo requisito es que prevalezcan a lo largo del tiempo, debido a relaciones de poder político que favorecen a unos y perjudican a otros. Finalmente, que sean de una magnitud tal que superarlas es poco probable, pese al esfuerzo de los individuos.

Desde el punto de vista del desarrollo de un país, las desigualdades sociales, así entendidas, son problemáticas. A más desigualdad social, más violencia criminal: los mecanismos causales entre ambos no están claros, pero cuando la sociedad se hace más desigual, se compran los tiquetes de la rifa de la violencia. Por otra parte, en el largo plazo, las sociedades más desiguales experimentan un sendero de menor progreso económico. Por eso, hay que poner atención al comportamiento de la desigualdad social. Ahora bien, no toda desigualdad social es moralmente repugnante, aunque sea inconveniente para el desarrollo de un país. Estas últimas, las peores de todas, están basadas en negación de la igualdad jurídica y moral de ciertas personas, por ejemplo, las desigualdades que introdujo el apartheid en Sudáfrica. Son inaceptables.

En Costa Rica, las diferencias de ingreso entre las personas se están acrecentando rápidamente en los últimos años. En la actualidad, tenemos el nivel más alto desde que se mide esta variable. Las clases sociales explican, cada vez más, el origen de esas diferencias.

La pregunta no es solo ¿qué país estamos construyendo y heredaremos a los que siguen?, sino, ¿qué estructuras de poder político están alentando esta evolución de la desigualdad?

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