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Economía ¿solidaria?

Actualizado el 05 de agosto de 2008 a las 12:00 am

 Aferrarse a un análisis economicista que ignora la solidaridad es una actitud ciega

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Hace unas semanas, en una clase de economía el docente interpelaba retóricamente a los estudiantes sobre qué sentido podía tener “eso de hablar de solidaridad en economía”, porque es algo “que no se puede medir”. Otro estimable colega, —en una mesa redonda donde su contraparte defendía que toda acción humana, incluyendo la económica, debería tener al ser humano como centro—, reaccionó categóricamente, y dijo: “Lo que quiero que quede claro a los estudiantes aquí presentes es que la economía no es poesía”, y añadió, “un estudiante de economía debe ser capaz de convertir a términos y notaciones matemáticas cualquier fenómeno económico.”

Discursos separados. Como comenta el destacado autor chileno Luis Razeto, hasta hace unos años “economía” y “solidaridad” formaban parte de discursos separados. Para algunos, poner los dos términos juntos era tan extraño como hablar de “física sentimental” o “sociología romántica”. Esas posiciones se van superando en el campo académico internacional, tras los estudios de autores de la estatura de A. K. Sen, o H. Daly y del propio Razeto, pero no en nuestro país. ¿A qué se puede deber?

Una dificultad para entender la relación de la economía con la solidaridad y, más ampliamente, con la ética, se encuentra cuando la disciplina económica se empantana en el nivel de la técnica y no es capaz de avanzar al de la ciencia. Da lugar, entonces, a un manejo ágil y muy útil por cierto, de las relaciones entre variables —monetarias, cambiarias, productivas…—, pero no puede ir más allá.

El pragmatismo técnico económico, aun sin gozar de la precisión de las ciencias físicas y naturales, se aproxima a saber cómo hacer las cosas para lograr ciertos resultados, pero es inconsciente de lo que lo mueve para apuntar en esa dirección. No llega nunca a advertir que todo lo que hace no lo determina la sola economía, sino que le viene dado por una opción ética y política, explícita o implícita. No es tampoco capaz de entender el significado más amplio de los cambios que observa e impulsa, de los factores sociales, políticos y culturales que los determinan, ni de las consecuencias que generan.

No alcanza un planteamiento realmente científico que le permita descubrir y entender los alcances de su análisis, sus limitaciones y su necesidad de interrelacionarse con otras disciplinas para entender mejor los problemas humanos y, menos aún, para darles solución.

Visión superada. Otro factor que dificulta comprender el papel de la solidaridad en el proceso económico, es la visión también superada hace rato de que los factores de producción son tan solo el capital —apropiándose la tierra— y el trabajo. Cierto, a regañadientes se ha ido reconociendo la importancia de la gestión y, últimamente, la técnica económica tiene que rendirse ante la transformación experimentada por el proceso productivo, gracias a la revolución tecnológica e informativa y a la inserción del conocimiento en su desarrollo.

Sin embargo, no ha tenido tiempo de sacar las consecuencias que esta metamorfosis implica para la teoría económica. No ha podido pararse a reflexionar, por ejemplo, en la diferente naturaleza de cada uno de esos factores de producción y lo inadecuado que resulta la pretensión de matematizar todos como requisito para aceptar la importancia de su papel en el proceso productivo. Si no ha llegado hasta aquí, más difícil todavía le está resultando entender que la solidaridad, traducida en cohesión, en prácticas de cooperación, en actitudes de confianza entre los productores y con todos los “accionistas sociales”, puede incidir fuertemente en la eficiencia y en la productividad de la empresa, y en la subsistencia de ésta a largo plazo.

Los dos párrafos anteriores por su carácter sintético puede que resulten un tanto arduos para la lectura rápida y periodística. Solo pretenden llamar la atención sobre las serias limitaciones que tiene el pensamiento económico dominante cuando intenta jugar por si solo un papel constructivo a la hora de enfrentar las grandes crisis del momento actual —alimentaria, energética, ambiental…—. Crisis que, por lo demás, no son para nada ajenas al mismo funcionamiento de la economía contemporánea.

Sin ignorar la elaboración analítica sugerida, pero intentando una formulación breve y sencilla, podría decirse que cuando se trata de problemas que están afectando nuestra convivencia social y nuestra propia supervivencia, aferrarse de forma excluyente a un análisis económico–economicista que ignora los determinantes de esa convivencia, —como la solidaridad o su contrario—, es una actitud ciega y suicida.

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