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Desiguales que dan de comer

Actualizado el 25 de febrero de 2007 a las 12:00 am

Los condicionamientos iniciales marcan para siempre la existencia de los pobres

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“Si plugo a Dios que hasta en el cielo hubiera diferencias de dignidad y posición, de manera que arcángeles y querubines se encuentren por encima de los ángeles, y así otros seres celestiales, ¿cómo quieren algunos enmendarle la plana al Creador, pretendiendo abolir las diferencias de rango y nobleza en la tierra, con la defensa de una igualdad inaceptable?” La cita es de memoria, pero refleja las ideas esenciales de un pintoresco artículo escrito por un monje en una prestigiosa revista romana durante la segunda mitad del siglo XIX. El argumento hoy nos hace reír, por supuesto, pero conoce formas modernas y sofisticadas que, a veces bajo un ropaje científico, defienden la desigualdad económico – social, presentándola como inevitable e incluso como conveniente y necesaria para la dinámica de crecimiento y de mercado.

Detrás de los peregrinos razonamientos decimonónicos o de los de algunas tendencias de la economía subyace siempre, –aunque no siempre consciente– una premisa común: la naturalización de la inequidad. Es decir, pretender que la desigualdad en las posiciones sociales de los seres humanos (riqueza, ingreso, capacidades productivas, etc.) es producto de la naturaleza como lo son también los rasgos personales (edad, sexo, base genética del perfil psicológico, etc.). ¿Qué pensar? ¿Es la desigualdad económicosocial un hecho natural o es producida históricamente? Si es esto último, la tarea de identificar sus causas y de incorporar su combate como objetivo de toda política pública, resulta un reto ineludible para los hombres y mujeres de gobierno.

Diversidad humana. Un hecho innegable es la experiencia generalizada de la diversidad humana. La distinción entre unos y otros por la herencia genética, marca una serie de rasgos internos y externos que pueden convencionalmente llamarse “naturales” y que proporciona a cada uno una condición básica de interrelación con los demás y con el entorno natural en que vive. Pero no es equivalente a la desigualdad en patrimonio heredado, en la preparación para producir y acumular, en las ventajas comparativas y absolutas para ganar y, como resultado, en los logros mesurables tanto en términos de ingreso, como de utilidades o incluso de capacidades y libertades. Este segundo fenómeno no es natural, es producto de un proceso histórico y no cabe, pues, el recurso al argumento de la “diversidad natural humana” para justificar las grandes y crecientes diferencias en el disfrute de los beneficios de la producción.

La llamada “corriente principal” del análisis económico contemporáneo suele estar afectada, entre otras cosas, por la no consideración de la dimensión histórica en el aterrizaje de sus teorías y de las correspondientes políticas. Por eso no extraña que en torno al tema de la desigualdad se omitan en el razonamiento las preguntas sobre cómo se producen las brechas y la diferenciación. No se nace en el vacío, ni se empieza a acumular sobre una hipotética línea cero, de la cual todos los grupos sociales partirían en igualdad de circunstancias. Cada vez más se tiene más conciencia en nuestra sociedad de los condicionamientos iniciales que marcan para siempre la existencia de los pobres, de los desposeídos.

Una insuficiente alimentación durante el embarazo y los primeros años de vida, tienen que ver con el desarrollo cerebral y las futuras capacidades de estudio, de comprensión e incluso de imaginación de un futuro mejor. Luego vienen los limitantes al acceso a mecanismos básicos de ascenso (educación y otros servicios), y los condicionamientos de mecanismos legales y económicos que marcan diversas tendencias de distribución entre trabajo y capital. Y, desde luego, está también la enorme influencia y limitación del entorno, del ambiente cultural externo y familiar. La pobreza se produce con todos estos factores y, más lamentable, se reproduce a nivel intergeneracional.

El carácter social. Con respecto a quienes son más beneficiados de la dinámica de la economía actual, la experiencia debería dejar claro que todo el proceso de producción es social por excelencia. Nadie produce solo, nadie gana solo. Ahí están lo que los estudiosos del campo llaman las “externalidades positivas” de inversiones y servicios públicos, la apropiación del entorno. Y está, de manera especial, el trabajo de los demás y las formas y niveles de su remuneración, en contraste con los de la propia ganancia. El dramaturgo Buero Vallejo lo tenía muy claro, como lo refleja esta anécdota. Visitando con uno de sus hijos pequeños a actrices y actores que representaban una de sus obras, el niño le preguntó: “Quiénes son estas personas?” La respuesta fue aleccionadora: “Esos, hijo, son los que nos dan de comer a nosotros”.

Por este carácter social de todo proceso productivo y de acumulación –y no por mera idealización ética– es que el Magisterio Social católico interpretó la comprensión cristiana de la propiedad, relativizando y subordinando la propiedad privada a un derecho anterior, el del destino universal de todos los bienes. Lo concreta aún más Juan Pablo II, hablando de la actual situación histórica distributiva, cuando afirma que sobre toda propiedad privada pesa una hipoteca social.

Estos temas, son apenas esbozados aquí para profundizar la reflexión sobre el problema de la creciente inequidad que afecta a Costa Rica. Tratan de abrir también la perspectiva para repensar lo que significa ser productivo y eficiente desde una perspectiva ética y económica de desarrollo. Cierto que es habitual enfocar el éxito de la economía entendiendo la productividad, la eficiencia y la competitividad solo en función de variaciones del producto e ingreso internos. Si se reflexiona, más bien, desde el ángulo del carácter social de la producción y la acumulación, queda el reto de repensar la productividad como “productividad humana”, es decir, capacidad de ser más productivo en la creación de condiciones que permitan no un mero aumento de riqueza en términos de ingreso y producción material, sino de un desarrollo integral, sostenible, con más justa distribución de sus frutos para todos.

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