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Crímenes por encargo

Actualizado el 06 de septiembre de 2007 a las 12:00 am

Asesinos que matan a cambio del pago que ofrecen los cobardes

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Me preocupa que nuestro país, con cambios halagadores en los últimos años, en la ciencia, la tecnología, la docencia, la industria y el turismo, esté descuidando su seguridad al permitir la filtración fácil de tanto indeseable. Al encontrarnos en manos de los hampones, a veces siento que en nuestro territorio estamos a las puertas de un descalabro social para el que difícilmente puede haber solución.

Me preocupan todos los maleantes. Sin embargo, los sicarios han llegado en los últimos tiempos a perturbar la paz: son los asesinos que matan a cambio del pago que ofrecen los cobardes.

La mayoría de los sicarios pueden no tener una relación directa con sus víctimas. En muchos casos, las llegan a conocer unas horas antes, siendo esto uno de los motivos por los que, con alguna frecuencia, se equivocan y asesinan a otra persona para la que no han recibido el pago. Un sicario no es lo mismo que un asesino en serie, pero actúa de la misma forma. El asesino en serie mata por placer, como –según creo– el psicópata que hace apenas unos años tanto nos fastidió. El sicario mata a tantas personas como le paguen. Su principal condicionante es asesinar por dinero, por encargo, pues no tiene otra motivación más que la económica.

Sin justificación. Estos asesinos son gente fracasada a nivel personal, por lo general vagabundos, sin trabajo, que proyectan sus frustraciones en sus víctimas y se sienten estimulados con el crimen y la tortura. Nada puede justificar un crimen, ni siquiera la psicopatía o la psicosis, que son anomalías psíquicas, y, mucho menos, el dinero como pago para asesinar.

Estos psicópatas que nos están invadiendo padecen una serie de anomalías mentales que los hace actuar como si nada ni nadie les importaran. Después de un asesinato, no se inmutan ni sienten arrepentimiento. Su conducta social es cada vez más aberrada. Muchos trabajan solos. Otros pertenecen a bandas organizadas. Sus principales actividades delictivas son la prostitución, el blanqueo de dinero, el tráfico de armas y drogas, las falsificaciones, el fraude y la extorsión. La labor siempre será la misma: amenazas, cobro de deudas y ejecución de castigos. A los sicarios no les preocupa que las personas dejen una familia, unos hijos y, menos, que se pierda una vida.

Proteger a los niños. Tenemos que proteger a nuestros niños que viven en la miseria de los precarios para que la mafia no logre convencerlos algún día y les enseñe a matar, como ya sucede en otros países que no están muy lejos de nosotros. Tampoco podemos continuar soportando que en Costa Rica no exista ningún castigo para los delitos menores, pues resulta que, ahora, un joven amenaza con un puñal y si logra su objetivo, por ejemplo, robar un celular, y el valor no llega a ¢100.000, es apenas una simple contravención.

Estos mismos jóvenes pueden ser contratados en algún momento por mafiosos que, con el dinero que tienen, los enseñen a matar. Los convierten en sicarios y, tarde o temprano, encontrarán la muerte.

Los últimos asesinos a sueldo que han llegado al país son extranjeros. Me llama la atención que un país pequeño, organizado y que, por no tener ejército, canaliza suficientes fondos para seguridad nacional, tenga las fronteras tan abiertas a tanto hampón extranjero.

En Costa Rica hacen falta más redadas a lo largo y ancho del territorio nacional. No pueden ser ocasionales, apenas para medio cumplir o aparecer en las primeras planas de los medios informativos. Ha llegado la hora de cambiar porque, de no ser así, este país pequeño se convertirá en un monstruo grande del delito. ¡Qué lástima!

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