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Crear valores éticoeconómicos

Actualizado el 29 de marzo de 2005 a las 12:00 am

Lo ético, lo cultural y lo político deben ocupar un lugar preferente en el análisis económico

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Algunos lectores han expresado su acuerdo con ideas expuestas en artículos previos de quien suscribe. Por ejemplo, encuentran razonable pensar que alguna relación existe entre los problemas de corrupción que nos aquejan y ciertos rasgos de la dinámica económica actual. También les suena aquello de que los valores no se rescatan, sino que se crean en las prácticas económicas y sociales. De ahí les resulta fácil deducir que quienes se mueven en campos cercanos a esas prácticas, en especial el de la economía, son quienes especialmente tienen que aportar a la creación de valores éticos. Si la práctica económica es responsable de la generación de comportamientos, nada más lógico que quienes elaboran las políticas económicas asuman las consecuencias de esta responsabilidad.

Pero esos mismos lectores que aceptan estas afirmaciones, al llegar a este punto, se sienten topar con pared. Y ¿cuáles son las implicaciones de todo esto en el campo de la formación ética?, ¿y en el de la solución a los problemas que padecemos?, se preguntan. ¿Qué consecuencias tiene todo esto para economistas y políticos? Es un tema amplio y complejo del que solo pueden adelantarse aquí un par de ideas básicas, ilustradas con un caso concreto de actualidad: el del CAFTA.

Nadie duda que un Tratado de Libre Comercio, por definición, tiene efectos claros en las exportaciones e importaciones de los países firmantes. Asociado con esto, se entiende, también, cómo los acuerdos inciden en la productividad, en la competitividad y, de ahí, en el posicionamiento internacional de las partes. Es algo tan obvio que en logros de este tipo suele colocarse casi todo el interés por suscribir estos instrumentos comerciales.

Efectos del TLC. No es desconocido tampoco que en su ejecución se genera la necesidad de reformas legales e institucionales que muchos consideran como una contribución a la modernización de países como el nuestro. Hasta ahí, todo parece claro. Pero hay otro tipo de efectos de un TLC de cuya realidad no debería dudarse, pero que suele considerarse menos. Son los impactos en el campo social, cultural y ético.

Se trata de secuelas directas e indirectas, de corto y de más largo plazo, que pueden ser positivas o negativas. En lo inmediato están las que se refieren al impacto en la equidad y en el ambiente, y de más largo aliento las prácticas y actitudes que se generan con las transformaciones productivas, las nuevas destrezas mercantiles, las formas de acumulación de capital y el tipo de motivaciones que surgen en torno a todo ese proceso.

Todo esto es real y debería ser asumido al pensar un TLC o cualquier otra política o instrumento económico. Negarlo equivaldría a pensar que la economía se encuentra en una burbuja aislada del resto del tejido social y de la vida cotidiana. Precisamente el CAFTA hace un reconocimiento implícito de esa no separación de planos, al introducir capítulos enteros que no son comerciales en sentido propio, el laboral, el de ambiente, y temas del respeto a la vida y del ingreso a la sociedad del conocimiento que quedan rozados al discutir sobre propiedad intelectual.

Formación diversificada. Este ejemplo del TLC ilustra dos cosas. Primero, la forma como la economía está imbricada en el resto de la vida social y cómo ambas interactúan. Segundo, cómo por medio de esa relación, resultan las decisiones económicas inevitablemente ligadas a las decisiones éticas y, por tanto, a la creación de los valores correspondientes.

¿Qué consecuencias prácticas tienen estas dos afirmaciones? Una es que en el montaje de las políticas económicas y de sus instrumentos, los economistas no pueden reducir sus consideraciones a aspectos de competitividad y eficiencia. Lo ético, lo cultural, lo político debe ocupar un lugar clave en el análisis. Otra, derivada de ahí, es que la realización de esta tarea no puede quedar en manos solo de la economía y de sus profesionales. Para identificar en cada una de esas políticas e instrumentos las alternativas valiosas y no valiosas, desde la perspectiva de la equidad y del respeto al ambiente, se requiere un equipo de formación diversificada que alimente a quienes tomen las decisiones. Y, por supuesto, que partan de escuchar a todos los sectores ciudadanos.

Con procedimientos semejantes de elaboración de las políticas económicas se haría una gran contribución a la creación de valores éticos en las prácticas sociales y económicas que configuran la vida de nuestro país.

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