Celebración de la Independencia

Discurso pronunciado el miércoles 15 con motivo del Día Nacional de Costa Rica

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Setiembre es un mes de fechas grandes. Son días de recuerdos y presagios. En ellos nos salta al rostro la trascendencia nacional de nuestra vida cotidiana. Las páginas gloriosas de victorias ganadas en el fragor de difíciles batallas saludan nuestros desafíos del presente. Las gestas que conmemoramos nos preguntan, desde lejos, qué hacemos nosotros para defender la paz, la democracia y la soberanía que nos fueron legadas.

A nuestra generación corresponde responder a aquellos ilustres aceros, que encarnan glorias pasadas.

En un día como este y sobre estas mismas piedras, frente al monumento nacional, Joaquín García Monge dijo: “Los pueblos previsores y magnánimos recurren a los mármoles y a los bronces (') para recordarles a los que vienen que no son hijos de las peñas, que tienen precursores admirables e ilustres y una tradición estimable que conocer, respetar y proseguir. A estos monumentos se concurre en horas solemnes como la presente, a renovar la fe en los destinos de la Patria, a buscar inspiración y luces, enseñanzas y estímulos para continuar la ruta em-prendida, en alto la cabeza y regocijado el corazón”.

Ese es el verdadero sentido de una fecha patria, colocar por delante las necesidades nacionales, asumir responsabilidades ante desafíos comunes, poner el grano de arena personal que hace la diferencia cuando el bien común lo demanda.

Cada generación es marcada por sus propios flagelos y ha tenido que responder a los retos de su tiempo, asumiendo sus propias responsabilidades. Mal haríamos en celebrar el heroísmo de nuestros próceres y las glorias de nuestra patria, sin preguntarnos por los desafíos de hoy, sin intentar respuestas a las amenazas que hoy se ciernen sobre nuestra paz, nuestra democracia y nuestra soberanía.

Vivimos tiempos difíciles. En nuestra región, el narcotráfico y la criminalidad organizada se han afincado y luchan por el control del territorio y de las instituciones. Estamos hablando de un flagelo internacional sin precedentes, de una criminalidad sin parámetros por su capacidad de corrupción, por su falta de escrúpulos y por los medios tecnológicos y económicos a su alcance.

Soplan ya en nuestro suelo los mismos vientos de violencia e inseguridad que se despliegan con furia en otros países de Centroamérica y más allá de la región. La situación de inseguridad de nuestro suelo nos advierte, como en tantos otros momentos clave de nuestra historia, que tenemos un destino común, que enfrentamos similares problemas y que solo unidos podremos resolverlos. Pero estamos obligados a actuar ya, sin temor y sin dilación.

En la Campaña Nacional del 56 fueron filibusteros quienes amenazaron nuestra soberanía. Costa Rica no esperó que el invasor llegara a nuestras fronteras y trocó en armas las toscas herramientas de sus sencillos labriegos.

Hoy, es otra la amenaza, pero esta vez el flagelo que nos acecha es más insidioso y sus medios prácticamente ilimitados.

Vivimos una situación más grave que en 1856 porque, a diferencia de entonces, hoy no vemos al invasor y su poder se extiende por todo el país; ha penetrado, por el consumo de la droga y por los efectos de la criminalidad, en nuestros propios hogares, y no respeta edad ni condición social. Vivimos una situación más dramática que en cualquier capítulo de nuestra historia porque ahora sí debemos combatir un enemigo que ya echó raíces en el territorio nacional.

En lo que a mí y a mi Gobierno respecta, estamos dispuestos a dar la lucha con previsión, valentía y determinación. En el mandato que me fuera dado por ustedes, no existe deber más urgente que aquel contenido en el artículo 140 de nuestra Constitución: “Mantener el orden y la tranquilidad de la Nación y tomar las providencias necesarias para el resguardo de las libertades públicas”.

Para ello, estamos intensificando los esfuerzos a partir de los recursos limitados con que contamos. Estamos procurando una mayor y mejor presencia policial, estamos dando golpes certeros a las estructuras delictivas del país y estamos recurriendo a la cooperación de naciones amigas para aumentar nuestra capacidad de respuesta.

Para cumplir a cabalidad con estas tareas, requerimos del soporte de los otros Poderes del Estado. Confío en que los diputados sabrán aquilatar los intereses particulares de unos pocos que lucran con los juegos de azar frente a la necesidad de mejorar la protección de toda una sociedad, y que brindarán su apoyo a las iniciativas para dotar de recursos permanentes a la seguridad ciudadana. Confío en que los jueces de la República sabrán valorar los límites propios de las libertades públicas frente a las también legítimas consideraciones de orden público y de protección de los derechos de las personas que hoy se ven despojadas de su vida y de su patrimonio por la violencia y la criminalidad.

Pero jamás debemos olvidar que la mera represión no es suficiente para derrotar estos problemas. Los países que así lo han intentado se han estrellado contra las bases mismas del arraigo de la violencia. La inequidad y la pobreza son el caldo de cultivo donde se nutren la delincuencia, las drogas y la violencia.

Esta patria de maestros fundó en la educación el concepto nacional que tiene de sí misma. Por eso sabemos que la lucha por una patria solidaria y equitativa arranca en el corazón de cada niño que nace. La victoria contra la violencia comienza desde la cuna. Se inicia con cada madre que puede tomar un empleo y dejar a sus niños en buenas manos. Al crimen y al narcotráfico se derrota también con una infancia protegida, resguardada, educada, en una cultura de superación. Cada niño en las aulas, cada joven que no deserta del sistema educativo, cada graduado de secundaria es una victoria de la paz, es un triunfo de la seguridad, es una garantía de movilidad social y estabilidad política. Por eso, también impulsamos programas como la Red Nacional de Cuido, la atención integral de las comunidades vulnerables y de las familias en extrema pobreza y el mejoramiento de la convivencia en escuelas y colegios.

Hace 89 años, en este mismo día, García Monge decía que la conciencia nacional era algo más que el instinto territorial de un pueblo. Así lo entendemos nosotros. Tener conciencia nacional es un actuar colectivo, de todas y todos, pero también de cada uno de nosotros. Es una concertación de corazones, abriendo camino y haciendo cada cual lo que le corresponde. Mi gobierno, con todo y las limitaciones que nos han sido impuestas, seguirá trabajando con determinación y compromiso por la protección de las y los ciudadanos de este país.

Amigos y amigas:

Tres días después de que Costa Rica tomara la decisión de llevar sus armas a Nicaragua, para defender a sus habitantes de la opresión de los filibusteros, Juanito Mora dijo lo siguiente: “Los que hoy los vilipendian, roban y asesinan, nos desafían audazmente e intentan arrojar sobre nosotros las mismas ensangrentadas cadenas”.

Ante esta patria que hoy se encuentra amenazada, las palabras de Juanito Mora resuenan tan vivas como ayer. Que despierte el eco de su voz, que su heroísmo hunda raíces en nosotros, que su mensaje nos inspire, para salir de nuevo victoriosos y conseguir que prevalezcan, por muchas generaciones más la paz, la concordia y la libertad.

Muchas gracias

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