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Actualizado el 14 de agosto de 2007 a las 12:00 am

Educar en valores a las generaciones futuras resulta una tarea ardua

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Los papás y mamás lo saben muy bien y el sentido común lo respalda: lo que se predique a los niños, por más que sean valores y verdades inconmovibles, se viene abajo si las acciones y ejemplos de los progenitores no concuerdan luego con lo que enseñaron a sus hijos. Con ese comportamiento, como expresa el pueblo, “lo que se escribe con la mano, se borra con el codo”. Lo serio del caso para efectos de una educación ética es que la cosa va más allá del ámbito familiar y escolar. También las prácticas empresariales y políticas pueden dar al traste con todos los esfuerzos de familias, escuelas e iglesias en la formación de valores de las nuevas generaciones. Y esto debería ser objeto de preocupación para todo ciudadano.

No tiene por qué resultar extraño. Cierto que es corriente, cuando se piensa en fortalecer los valores éticos en nuestra sociedad, mirar al papel que corresponde a la escuela, al colegio y a la universidad como instrumentos que sirven los intereses de la familia para lograr la formación ética de los ciudadanos. Parece lo normal. Y tiene su parte de verdad. Pero ¿es en esos espacios donde se generan los valores éticos? En realidad, no. Ahí se ayuda a identificar los valores, pero estos se crean sobre todo en las prácticas que las personas realizamos para sobrevivir y desarrollar una vida con calidad. Es decir, en las prácticas sociales, económicas y políticas de producción y reproducción de la vida. En otras palabras, en la vida cotidiana de nuestro mundo laboral y de relaciones sociales. La educación formal solo puede venir a continuación, como acompañante, a identificar los contenidos éticos y espirituales en esas prácticas de la vida diaria. Y como refuerzo social. Pero si lo que se transmite en la práctica es más fuerte que lo que se verbaliza en los discursos educativos, están condenados al fracaso.

Decisión ética. En una situación semejante parece estar cayendo el país en la campaña publicitaria en torno al referendo. En la medida en que esta práctica política se deje distorsionar por la falsedad, las medias verdades, las amenazas veladas, el descrédito del que piense distinto, la intimidación y la manipulación de imágenes, se está haciendo muy flaco servicio a la educación ética del pueblo. Sobre los contenidos del TLC está claro que no hay una opinión única e irrefutable ni puede haberla. La economía no es una ciencia exacta.

Es normal que se discutan, sobre todo, los efectos negativos que podrán tener varios aspectos del Tratado, si van a aumentar o no la desigualdad entre los diversos grupos sociales del país o si afectarán la calidad de vida de los costarricenses. Pero una cosa es dudar sobre una interpretación de contenidos, por fundada que esté, y otra, muy distinta, falsificar las posiciones contrarias o, sobre todo, poner en entredicho la imagen y honestidad de quienes la sustentan. Por ejemplo, calificar de “extremistas” a quienes no apoyan el TLC, o sugerir su afiliación a tendencias antidemocráticas, no solo evoca lo peor de la Guerra Fría –ya obsoleta–, sino que deteriora los criterios de decisión ética del pueblo.

No es educativo. Otro ejemplo es el de la manipulación de la propia imagen. En este difícil manejo de lo ético en la campaña del referendo, en las circunstancias actuales, bien hicieron los obispos titulares en negarse a formar parte de una lista del SÍ o del NO. Otras razones eclesiales aparte, el haber tomado partido público en materia técnica o política hubiera equivalido a aprovecharse, más que de razones, de su imagen institucional, jerárquica, para inclinar la balanza en un sentido o en otro. Es una pena que de manera análoga no todos los miembros de la Comisión de Notables hayan seguido este ejemplo episcopal. Su cualidad de “notables” fue una delegación acogida por el pueblo y tiene todavía una carga simbólica que nos les pertenece como bien privado. Se trató de un acto de confianza nacional en que mantendrían una actitud balanceada como orientación para decidir sobre el Tratado. Al definir una posición ahora algunos de ellos, no solo afecta su credibilidad para el futuro, sino que –sin duda contra su voluntad– su acción no resulta educativa.

Educar en valores a las nuevas generaciones, en todo caso, resulta ya una tarea ardua, pero la campaña política del referendo podría hacerla más leve si ambas partes asumen el serio compromiso de dejarse orientar ante todo por los valores de verdad, justicia y solidaridad.

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