Opinión

Acabar con un sinsentido

Actualizado el 16 de noviembre de 2008 a las 12:00 am

 La repitencia innecesaria conspira contra la calidad y la justicia

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Acabar con un sinsentido

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Hace más de un año, un estudiante me preguntó: “Ministro, ¿usted podría explicarme por qué si me quedo en una materia tengo que repetirlas todas”? No supe responder, pero me comprometí a estudiar el tema, pues la pregunta claramente tocaba una fibra sensible en él y en sus compañeros. El tema era de fondo, ya que la repitencia tiene un fuerte impacto en la deserción y, en Costa Rica, casi dos terceras partes de nuestros estudiantes desertan antes de terminar la secundaria, con dramáticas consecuencias para ellos y con un efecto perverso sobre toda la sociedad, pues las desigualdades educativas frenan el crecimiento económico y ensanchan las brechas sociales.

Estudiamos las razones que habían dado origen a la normativa vigente en Costa Rica, analizamos sus efectos y nos comparamos lo que se hacía con mayor o menor éxito en otros países; conversamos con mucha gente de muy variadas regiones y países para identificar las reformas que mejor se adecuaran a nuestra realidad. Encontramos que las investigaciones internacionales coinciden cada vez con más fuerza en que, si bien la repitencia provoca una cierta mejora inicial en los resultados académicos de los repitentes, estas mejoras no perduran: desaparecen en años posteriores al punto que los repitentes tienden luego a rezagarse aún más que aquellos a los que se aplica la promoción automática.

Reglas absurdas. En Costa Rica tradicionalmente hemos optado por una repitencia con reglas particularmente duras y hasta absurdas: quien pierde más de tres asignaturas en el curso lectivo ni siquiera tiene derecho a presentar exámenes de ampliación sino que debe repetir nuevamente todas las asignaturas; y quien presenta las pruebas de ampliación, incluso si pierde una, también deberá volver a repetir el curso completo, incluyendo todas las asignaturas que ya había aprobado; y recordemos que si al repetir el año fracasa en alguna asignatura que previamente había aprobado, igual tiene que volver a repetir, por tercera vez, todas las materias de ese nivel. Más que una política de calidad era una política de expulsión. Estábamos atrapados por un concepto excesivamente rígido del “nivel” que se cursa: o el estudiante pasa el año con todas sus materias, o lo repite completo. No hay punto medio. Esto no ocurre en casi ningún país del mundo, donde aún los que tienen sistemas basados en la repitencia cuentan con mecanismos de valoración que permiten al cuerpo docente decidir sobre la promoción de un estudiante basados en su capacidad de tener éxito en el nivel siguiente. En Costa Rica no tenemos siquiera esa flexibilidad.

Este problema se ve agravado por una segunda regla que, aunque bienintencionada, atenta contra la correcta promoción de los estudiantes: no solo tienen que pasar el año con la nota promedio anual de 65 ó 70, sino pasar, además, el tercer trimestre con esa misma nota. Así, un estudiante que obtuvo una nota de 90 en el primero y segundo trimestre del año, pero obtuvo un 60 en el tercer trimestre, es un estudiante que pierde el curso aunque su promedio final sea de 80, algo insensato que infla artificialmente el fracaso escolar, la repitencia y la deserción.

Una tercera regla que aumenta artificialmente el fracaso y la repitencia ya no por mal rendimiento académico, sino por “mala conducta”, es la que exige a quienes “se queden en conducta” una nota de 80 para aprobar las materias académicas. Así, muchos estudiantes que habrían aprobado sus asignaturas académicas con notas relativamente buenas... son aplazados no por falta de conocimientos, sino por haberse quedado en conducta.

Propuestas aprobadas. Con este tipo de reglas, por años hemos llenado las aulas de repitentes en materias que ya aprobaron, con las lógicas consecuencias de grupos más grandes, baja atención, mala conducta, distracción de los compañeros; y, por supuesto, con el costo fiscal y social de mantener espacios y docentes para que estos alumnos repitan materias que ya aprobaron. Era una política poco educativa que, además, resultaba social y económicamente ineficiente. Había que buscar una salida que no promoviera la repitencia innecesaria y la deserción y que nos brindara alguna posibilidad de retener y dar mejor atención a quienes se rezagan. De ahí surgieron nuestras propuestas, aprobadas ya por el Consejo Superior de Educación:

a. Que los estudiantes repitan solamente las materias que reprueban, y puedan seguir avanzando en materias de niveles superiores

Los estudiantes de secundaria que reprueben asignaturas de determinado nivel o año, deberán volver a matricular ese nivel al año siguiente para repetir las materias perdidas; pero no tendrán que repetir las que ya aprobaron sino que, en su lugar, podrán seguir avanzando en sus estudios adelantando algunas materias de niveles superiores, siempre que estas no tengan como requisito alguna de las materias que se está repitiendo; y, claro, siempre que no se presenten choques de horario entre las materias a repetir y las materias en que se quiere adelantar. Esto reduce el tamaño de los grupos al excluir a los falsos repitentes y acelera el tiempo de graduación de los repitentes: sí, durarán más que quienes no pierdan ninguna materia, pero menos de lo que duraban cuando tenían que repetir el año completo... o desertar.

b. Que los cursos se aprueben con su nota ponderada anual

En cuanto a la nota para pasar cada asignatura, se acordó que la nota del último trimestre ya no sea determinante –en el sentido de que quien pierde ese trimestre pierde el año –, pero que tenga una ponderación superior a la de los dos trimestres anteriores, de manera que se constituya en un incentivo no solo para esforzarse a lo largo del año, sino para que aquellos estudiantes que van relativamente rezagados en determinadas materias sientan que vale la pena hacer un esfuerzo final por recuperarse y aprobar las asignaturas en cuestión. Así, las evaluaciones de los tres trimestres tengan una ponderación de 30%, 30% y 40%, respectivamente, para formar la nota anual. Esto se aplica en todos los ciclos educativos.

c. Que la evaluación de la conducta no afecte la evaluación académica, sino que promueva la corrección de la mala conducta y combata sus causas

Se separa la evaluación de la conducta de la evaluación de los aprendizajes académicos propiamente dicha. No se quiere decir con esto que la evaluación de la conducta no es importante; todo lo contrario: los procesos educativos tienen como un componente esencial la formación integral de los estudiantes, el objetivo de formarlos correctamente en la ética y en las normas adecuadas de convivencia, dentro de las que destaca el respeto y el afecto por los demás. En este sentido, la nota en conducta sigue existiendo y la propuesta apunta a fortalecer los instrumentos educativos y disciplinarios que fomentan los valores éticos, el buen comportamiento y la adecuada resolución de los conflictos al interior del centro educativo; recurriendo a los instrumentos adecuados para evaluar, castigar y corregir – cuando así corresponda– las faltas respectivas. Lo que desaparece es el efecto de la nota en conducta sobre la promoción en las asignaturas académicas, y esto en todos los ciclos educativos.

d. Medidas de apoyo a los estudiantes repitentes y rezagados

Finalmente, esta propuesta permitirá desarrollar esquemas de apoyo a los estudiantes rezagados o repitentes, de manera que puedan superar los problemas por los que reprobaron determinada materia. En este sentido, habría tanto un papel para los docentes –que tendrán ahora menos repitentes en su asignatura– como para los propios compañeros, para quienes se puede abrir la posibilidad de jugar el papel de tutores de los repitentes o de los rezagados, formando un equipo con ellos de manera que, en caso de tener éxito en aprobar la materia que se repite, esta tutoría cuente con estímulos atractivos, según el reconocimiento que tanto el docente como los compañeros a quienes se dio la tutoría lo valoren, lo que tiene el efecto formativo adicional de promover la solidaridad, el trabajo en grupo y el compañerismo.

Toda esta reforma apunta a demostrar que la calidad no tiene por qué ser antítesis de la inclusión educativa: todo lo contrario, es la expulsión injustificada la que realmente atenta contra el derecho de todos a una educación de calidad.

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