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Zapping: El pique periodístico

Actualizado el 12 de abril de 2014 a las 11:55 pm

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Alonso Tenorio

Exclusiva: ¡la toma más cercana de cuando un político se bajó por tercera vez del carro que lo transportó el día de las elecciones! ¡Exclusiva de nuestro medio: el sitio web de este artista agregó a su calendario (¡que puede ser visto por todos!) un concierto en nuestro país! ¡Exclusiva: los medios están enfermos!

La palabra “exclusiva” me sienta incómoda, para despejar cualquier duda. Ustedes la leen a menudo, porque los medios se vanaglorian de ello como si fuera el mérito periodístico más plausible del espacio sideral. El problema es que no todas las “exclusivas” son exclusivas.

Como periodista, constantemente recibo correos, llamadas o mensajes de personas ofreciéndome en “exclusiva” o a manera de “primicia” (otra palabra infumable) datos que luego van a estar en las bandejas de entrada o en el timeline de Facebook de los demás periodistas.

Considero que hay un error por parte de las fuentes al querer privilegiar a un medio de comunicación sobre otro en cuanto a información de interés público se refiere; primero, porque es iluso pensar que en 2014 es relevante que X medio publique cinco minutos antes la misma noticia que Y medio. Repito: es 2014. Miren a su alrededor. A nadie le importa.

Segundo, porque las exclusivas que al chile importan –dígase de las que se obtienen basadas en investigaciones que revelan asuntos trascendentales capaces de transformar el ámbito social, político, económico y cultural– no llegan a los periodistas ni en bandeja de plata ni a la bandeja de entrada; requieren sudor.

Una exclusiva no es cuando un periodista publica la información con cierto tiempo de ventaja ante el resto del gremio, solo porque quien se la envió decidió que su medio merecía esa noticia primero (todo bien con eso; es su decisión).

Una exclusiva es la publicación de información probatoria sobre los chorizos de algún expresidente, obtenida luego de una meticulosa indagación, por ejemplo. Ya saben, esos asuntos reveladores que requieren algo más que una llamada.

Mientras los medios premien a los periodistas que llegan primero por encima de los que llegan mejor, la información va a seguir siendo mediocre y obtusa.

En lugar de saciar esa sed narcisista por ser los primeros en publicar información regalada –que luego hará eco en miles de canales más–, los periodistas deberíamos (ojo, me incluyo) obligarnos a encontrar autenticidad en el contenido, a profundizar en lo que nadie está viendo, a ir más allá de transcribir –o en el peor de los casos copiar– comunicados de prensa.

Esa necesidad de diferenciarnos se hizo evidente el día de la segunda ronda electoral, cuando tuve la ¿oportunidad? de acompañar a varios colegas a seguir al presidente electo Luis Guillermo Solís.

Viví de cerca lo que nadie muestra al otro lado de la pantalla o en el periódico: la debacle de periodistas, fotógrafos, camarógrafos y cuanta profesión más exista en el medio por asfixiar al candidato y a sí mismos en búsqueda de la mejor toma o de alguna declaración superficial.

Los carros de prensa manejaban a toda velocidad, cual pique entre medios, poniendo en riesgo las vidas no solo de quienes trabajaban en la cobertura, sino también de ciudadanos inocentes que debían ceder ante la velocidad y las maniobras ilegales de tantos carros empoderados bajo la excusa de que su trabajo es conseguir la noticia cuanto antes .

Frente a mis ojos, y con el corazón a toda máquina, vi la cultura de la prensa, la misma que exige que se cumplan las leyes en todos los ámbitos de la sociedad, pero la que –en algunas situaciones– amolda las reglas a su gusto para cumplir su trabajo de la manera en que desea cumplirlo. No es algo que se le pueda atribuir a los que simplemente acatamos órdenes, sino a un método obsoleto.

¿Vale la pena no solo arriesgar vidas, sino armar tumultos invasivos en los que en dos toques se pueden armar los mecos o que alguien se afane un celular? Se lee hiperbólico y dramático, pero pasa.

¿Para qué, para preguntarle cómo se siente a las once de la mañana? ¿Para llenar páginas o espacio al aire con la exclusiva –30 segundos antes que los demás, obvio– del casado que almorzó mientras estaba rodeado de cámaras y odiando al mundo por no poder compartir a solas con su vasao ’ de mora en leche?

Eso solo se puede llamar de una forma: cosas innecesarias.

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