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Zapping: La valentía del teclado

Actualizado el 30 de abril de 2016 a las 11:55 pm

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Zapping: La valentía del teclado

Durante el último año –de los seis que he dedicado a escribir en medios de comunicación– he decidido no leer los comentarios que los lectores dejan en mis artículos. También procuro, en la medida de lo posible, no leer los comentarios en redes sociales, sean hacia trabajos míos o de mis colegas.

Esto, por supuesto, no se trata de evitar la crítica. Publicar implica desprenderse de un trabajo y entregarlo a las masas. La propia naturaleza del oficio periodístico es estar sujeto a la crítica. Se trata, en cambio, de cuando esa crítica se desvirtúa y se convierte en un ataque al ser humano detrás de ese trabajo. Es una cuestión de salud.

No tengo datos, pero la observación debería bastar: aventurarse a leer lo que los lectores escriben en las cajas de comentarios es, por lo general, una experiencia desagradable y reveladora; enviar mensajes de odio es de las cosas más fáciles e irresponsables que el ser humano puede hacer, y la comunicación digital está infestada de estos.

Hace una semanas, The Guardian publicó una investigación sobre los comentarios en su propio sitio. Durante los últimos 10 años, 1.4 millones de comentarios en el sitio han sido bloqueados por infringir las reglas de la comunidad. La mayoría de ellos constituían un abuso verbal hacia autores homosexuales, negros o mujeres.

Epidemia. El odio está en todos los rincones de Internet. Los comentarios citados en este artículo, por ejemplo, se pueden encontrar todos en el sitio web de La Nación.

ESPN, por su parte, lanzó un video en el que un grupo de hombres lee los comentarios abusivos que las periodistas mujeres de la cadena reciben constantemente. Dichos hombres deben leer los comentarios en la cara de estas reporteras. “Espero que tu novio te agreda”. “Deberían golpearte en la cabeza con un palo de hockey”. “Espero que te violen de nuevo”.

La reflexión final de ESPN y The Guardian es que, cuando prevalece el diálogo, la comunidad de comentaristas adquiere gran valor. La conversación, la crítica, el debate: todos ellos son saludables, siempre que se mantengan entre las líneas del respeto, de la mínima decencia. Si no aceptamos el abuso cuando conversamos, ¿por qué habría de estar bien cuando se trata de un comentario en Facebook?

La convivencia digital debería responder a una regla básica: si usted no lo diría, entonces no lo escriba. Si usted no le diría a un migrante africano “¿Estos hijueputas que se creen? En un barco rumbo a África es en el que deberían estar”, ¿por qué lo escribe? Si usted no le diría a un huelguista “lacra parásita” en la cara, ¿lo hace más valiente hacerlo a través de un teclado? ¿Estar en desacuerdo con la opinión de un columnista o el reportaje de un redactor le da derecho a ofenderlo?

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Es posible que este artículo atraiga comentarios que me ataquen directamente. No sería la primera vez –de hecho todo lo contrario–, porque el odio crece con mucha mayor facilidad que el respeto cuando no nos vemos las caras ni hablamos de frente.

¿Seguiremos tolerándolo?

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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