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Zapping: Esas malditas etiquetas

Actualizado el 20 de agosto de 2016 a las 11:55 pm

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Zapping: Esas malditas etiquetas

Adicta confesa y sin posibilidad (ni la menor intención) de recuperación, Netflix se ha vuelto ya no parte de mi rutina, básicamente es parte de mi piel.

Así como sufro por los muchos libros que no llegaré a leer, a menudo me altero cuando se me acaba la serie que acapara todo mi tiempo libre, ya de por sí bien escaso, y de nuevo se abre el abanico de opciones inacabables para vivir vidas paralelas en tiempos y espacios ajenos a lo propio.

Netflix me ayuda a descansar de mí misma y de mi propia vida, pero aún así, me causa afán y vértigo la elección de la serie que viene.

Fue así como me salté muchas veces –a pesar de las recomendaciones de medio mundo– Orange is the New Black . Como odio los spoilers , me gusta llegar virgen a la serie que elijo casi siempre por intuición, mucho menos leo críticas, ni siquiera el brief de los actores desconocidos que durante semanas se vuelven parte de mi familia.

Así fui terminando toda la saga española de El tiempo entre costuras , Gran Hotel , la espectacular Velvet ... luego me colgué de las épicas inglesas, como Downton Abby , Mr. Selfridge y demás; volví al presente y a Occidente con la segunda temporada de Bloodline y en ese punto quedé, una vez más, “huérfana de serie”.

Pregunto en Facebook que qué veo y de nuevo, parte de la muchachada entusiasta me remite a Orange.

“Mucha pereza”, pensaba para mí misma. “Mucho rollo lésbico, debe ser monotemática ¿qué más va a verse en una serie sobre una cárcel gringa para mujeres?”, me dije una y otra vez.

Por supuesto, el razonamiento no tenía que ver con algún tenor homofóbico, simplemente le huí a un producto, según yo, cuyo argumento no tenía mucho hacia dónde virar.

Finalmente, hará un mes le di la oportunidad.

Como sus temporadas y episodios son mucho más extensos que los de la mayoría de series, la he tenido que rendir a la fuerza, muy a mi pesar, pues lo mío son las series en atracón, sin interrupciones y metida en otro mundo.

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"Orange is the New Black nos recuerda que todos somos prisioneros de algo, que –efectivamente– muchas veces la vida es una verdadera mierda pero que, también en otros muchos casos, el ser humano drena amor solo porque sí".

Sin embargo, por lo mismo he tenido que aprender a degustar con calma las historias que se tejen en Orange y que van mucho más allá del morbo y la violencia que se generan en una cárcel de mujeres, con una población tan variopinta como la que se puede encontrar en Nueva York, sede de la prisión Litchfield.

Lo cierto del caso es que las historias de las inmates en realidad pertenecen a un microcosmos que puede darse en la redacción de un periódico; en las oficinas de un banco; entre los tripulantes de un barco pesquero o entre una tropa errante de cogedores de café.

Lo que pasa dentro de la prisión es apenas la médula de la serie; los flashbacks que explican –por ejemplo– por qué Crazy Eyes (mi favorita) paró en la cárcel, así como lo que les ocurrió a todas las demás, son un paralelismo fenomenal de todo lo que vivimos en carne propia o en nuestro entorno más cercano (sin que terminemos en la cárcel, obviamente). Ni qué decir de las historias de amor y desamor. De la autoridad mal ejercida, de la vulnerabilidad romántica del guarda más malnacido del penal, de por qué todos somos y reaccionamos de distintas maneras y, finalmente, de por qué, cuando se habla de seres humanos, difícilmente podemos caer en absolutos: nadie es malo, nadie es bueno. Somos lo uno o lo otro, según la circunstancia.

Parece una obviedad, pero justamente ese es el enorme plus de Orange , que hasta a alguien bien curtidito en la vida (como yo) sus historias le generen no solo congoja, miedo, risas, empatía y odio, sino que además, le provoquen profundas reflexiones y hasta autorrevisiones de conciencia.

Así que las malditas etiquetas habían provocado que me colgara muy tarde en el tren que va a Litchfield. Porque la otra etiqueta maldita que me había hecho perdérmela era que “ya está muy pasada de moda”, como dijo alguien por ahí cuando se la recomendé. No cometan los mismos errores. Nunca va a ser tarde.

De alguna manera, entronizarse en Orange is the New Black nos recuerda que todos somos prisioneros de algo, que efectivamente, muchas veces la vida es una verdadera mierda pero que, también, en otros muchos casos, el ser humano drena amor, solo porque sí. Todos, absolutamente todos tenemos un alma gemela en Litchfield. Hallarla nos ayuda a reencontrarnos con nosotros mismos... aunque sea durante las horas que se pasen frente a la pantalla, antes de volver a la vida real.

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Yuri Lorena Jiménez

yjimenez@nacion.com

Editora de la Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.

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