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Zapping: No country for young men

Actualizado el 18 de julio de 2015 a las 11:55 pm

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Zapping: No country for young men

Uno de los mejores y más antiguos recuerdos que tengo de la televisión es sentarme, estando todavía en la escuela, a ver durante horas la programación de Discovery Kids. Eran épocas distintas a las de ahora: el canal no se enfocaba tanto en el niño, sino en el preadolescente; a este lo educaba, sí, pero también lo entretenía y lo retaba.

Yo, al menos, intenté en multitud de ocasiones convertir los proyectos de Artemanía en realidad. Fracasé, pero no importa: el Fantasma Escritor ayudó a que me dedicara a contar historias para ganarme la vida.

Es posible que recuerde aquellos programas con nostalgia y buenos ojos porque al cerebro –al mío, cuando menos– le encantan los clichés y piensa que todo tiempo pasado siempre fue mejor. Sin embargo, no logro sacudirme la idea de que, en algún momento del camino, tomamos un desvío en la dirección equivocada. Puede que quien se equivoque sea yo: puede que todo haya estado mal siempre.

La baja calidad de los programas juveniles es una muestra de adultocentrismo; es decir, de un modelo social dispar en el que los adultos llevan las riendas

Basta con echar un vistazo breve a los programas –nacionales o no, da lo mismo– pensados para satisfacer a un público joven –adolescente o pre– y darse cuenta de que su existencia no solo tiende a ser lamentable, sino verdaderamente destructiva: tiene uno que preguntarse cuánto bienestar intelectual puede provocar un show como El noveno piso o Jersey Shore , por citar solo un par de ejemplos.

Mucho se ha conversado –incluso, en repetidas ocasiones, en este mismo espacio– sobre la calidad de estos programas, pero creo que hay algo subrepticio en ellos, un patrón que va más allá de lo chabacano y banal. La baja calidad de los programas juveniles es una muestra de adultocentrismo; es decir, de un modelo social dispar en el que los adultos llevan las riendas, sin tomar en cuenta a los jóvenes y en el que, por el contrario, se les mira por debajo del hombro.

Cuando se produce mala televisión –o mal entretenimiento, en general–, se desestima al público. Es decir, se le menosprecia y se asume que es capaz de conformarse con lo mínimo, con lo superficial, con lo burdo. Cada mal programa juvenil es una forma, muy adulta, por cierto, de decir ustedes valen menos.

Hoy mismo, en la RevistaDominical , se publica un artículo sobre el proyecto Tu Voz Vale, de la Unicef: casi 10.000 muchachos del país, cada uno de ellos proveniente de distintos contextos y diversas situaciones personales. El proyecto consistió en preguntar a los jóvenes por sus principales preocupaciones sociales, económicas y ambientales, y darles herramientas para que ellos mismos buscaran soluciones.

El proyecto no solo valida la inteligencia y capacidad –intelectual, social, emocional– de los muchachos, sino que deja en sus manos encontrar el camino para construir un mejor futuro, un mejor país. Porque, ¡extra, extra!, es así: el futuro es de los jóvenes.

La televisión no puede ser excepción. La televisión, como agente de transformación social y cultural que es, necesita recordar su capacidad para empoderar a los jóvenes. El futuro depende, en buena medida, de ello.

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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