Entretenimiento

TELEGUÍA/OPINIÓN

Zapping: Cómo aprendí a adolecer con la serie ‘The O. C.’

Actualizado el 20 de mayo de 2017 a las 11:55 pm

Entretenimiento

Zapping: Cómo aprendí a adolecer con la serie ‘The O. C.’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

This picture loads on non-supporting browsers.
Ryan Atwood ( Benjamin McKenzie), Marissa Cooper (Mischa Barton), Seth Cohen (Adam Brody) y Summer Roberts (Rachel Bilson) son los personajes de ‘The O.C’. FOTO: Archivo/Fox.

Cierro los ojos y el 2004 es el año de los celulares de tapita. Todas mis compañeras de colegio inexplicablemente usan chancletas de playa para ir a fiestas; todos mis compañeros alternan entre camisas polo con el cuello tieso y la camiseta de una banda de indie rock . Mi primer enamoramiento suena a una balada de Death Cab for Cutie.

El último febrero, The O. C. cumplió diez años desde que emitió su último episodio. El año pasado Netflix la añadió en su catálogo, pero para ese momento ya llevaba años pirantéandola en Cuevana, tratando de recrearla entre los videos que otros fans obsesivos suben a YouTube con música de Phantom Planet, The Killers, Joseph Arthur y la canción infame de Imogen Heap con la que Marissa casi-casi se convierte en asesina.

Mi abuelita siempre me dijo entre dientes que las telenovelas no dejan nada pero The O. C. fue un manual sobre cómo ser un adolescente.

No dudo que cada generación tiene su manual porque justo así es como funciona la ficción gringa: Less Than Zero de Bret Easton Ellis para los que crecieron entre los yuppies decadentes de los ochentas; Beverly Hills, 90210 de Aaron Spelling para los alérgicos de la moralista Salvados por la campana.

Los héroes siempre son los que viven jóvenes, viven rápido y sobreviven las consecuencias.

Ser adolescente a principio del milenio tenía, como la tienen Ryan Atwood y Seth Cohen, una actitud derrotista: el mundo ya había sido conquistado y conectado por teléfonos celulares, computadoras y el universal lenguaje del rock . Si quedaba algo por revolucionar estaba camuflado entre nosotros.

Imagino que por eso mismo, a diferencia de otras series, The O. C. no tenía prisa por sacar a sus personajes de Orange County en California.

Los manuales –escritos– para los “primeros” adolescentes del siglo XX hablan de guerras y posguerra, del “sueño americano”, de las secuelas de la epidemia del divorcio o el sexo fuera del matrimonio. Sin Internet, el mundo físico –los lugares, los cuerpos de otros– eran un enigma.

Pero The O. C. no ubica a sus personajes en el mundo. Al contrario, el chiste es que ubica al mundo en las grietas que no están llenas de sus vidas, de sus dramas.

Lo que no está colmado de ansiedad, dolor, ira y celos –las emociones complejas que heredamos al salir de la infancia– está cubierto de cultura pop : el CD como antología musical, el primer iPod, la cafetería como templo social, los celulares de tapita, las chancletas playeras, el indie rock melancólico de Death Cab for Cutie.

Cierro los ojos y veo a mi generación de colegio bailando el 2004. Nos reunimos hace una semana, el mismo mocoso que fue DJ en las fiestas de entonces nos estaba mezclando Usher y reguetón para sacarnos a bailar. Ahora todos estamos en nuestros veintes.

Mientras los veo sé que The O. C. no me sacó de la infancia, eso lo hizo la incomodidad de la pubertad biológica. Pero le estaré eternamente agradecida porque me impulsó a sumergirme en mi propia adolescencia.

*Esta es una columna de opinión de la revista Teleguía, de La Nación, y como tal sus contenidos no representan necesariamente la línea editorial del periódico.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Zapping: Cómo aprendí a adolecer con la serie ‘The O. C.’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Natalia Díaz Zeledón

ndiaz@nacion.com

Periodista de entretenimiento y cultura

Periodista del suplemento Viva de La Nación. Productora audiovisual y periodista de la Universidad de Costa Rica. Se especializa en temas de artes escénicas, música, cine y televisión. 

Ver comentarios
Regresar a la nota