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Zapping: Leer con los ojos cerrados

Actualizado el 17 de mayo de 2014 a las 11:55 pm

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El actual ministro de Turismo, Wilhelm von Breymann, ingresando al traspaso de poderes con su pareja, Mauricio Alfaro. Fotografía: Fernando Chaves.

“¿Por qué los estadounidenses ya no leen?”; ese fue el titular de un experimento disfrazado de noticia, compartido en Facebook por NPR (sistema de radio pública de Estados Unidos) el 1º de abril, el día de los inocentes en algunos países. Al hacer clic en el hipervínculo uno se daba cuenta de que no era una noticia de verdad, sino una dinámica para desenmascarar una realidad incómoda.

El texto en el link decía: “A veces nos da la impresión de que mucha gente comenta nuestras noticias en Facebook sin leerlas. Si usted está leyendo esto, dele like a la publicación pero no la comente. Veamos lo que la gente tiene que decir al respecto”. Así, la sección de comentarios se convirtió en un festín de ‘feisbuquianos’ impulsivos señalando a los responsables de la falta de lectura, cuando ellos no habían leído la “información” que respondía a la pregunta.

Experimento similar –mas no deliberado– se presenció en los medios digitales de este diario el día después del traspaso de poderes, cuando el periodista Álvaro Murillo publicó una crónica bajo el título “Nadie rezó y un ministro gay desfiló con su pareja”. La nota fue tachada de homofóbica e irrespetuosa por varios dedicados a analizar con lupa (o todo lo contrario) un texto en el que yo no logré encontrar ni un gramo de homofobia.

Muchos dicen que la gente lee lo que quiere leer. Dicen que procesamos la información desde nuestros prejuicios e inseguridades, y que somos incapaces de desligar nuestros pensamientos de los que otro manifestó, así sean antagónicos.

A veces pienso que también importa mucho quién dice o hace las cosas. Me pregunto si en la nota del ministro las críticas llovieron porque fue este diario históricamente conservador el que la publicó, sin que mediara la posibilidad de que el periodista que la escribió quizá no sea tan conservador como el medio.

Muchos obstáculos se interponen en el camino entre una idea y sus receptores, entre ellos el hecho comprobado de que la gente entiende lo que quiere entender

Volviendo al punto medular: cuando no logramos comunicar bien nuestras intenciones hierve la impotencia. He sido sujeto de casos de incomunicación de los que fui culpable, como cuando escribí que el video de un grupo era “caricaturesco” porque el significado de esa palabra para mí no tenía el peso negativo que tiene para los integrantes del grupo.

Lo sé; soy un idiota. A veces es frustrante. Pero también he atravesado situaciones que todavía me inquietan, desde recibir insultos y amenazas vía correo electrónico por la publicación de un error, hasta ser humillado en una comisaría por preguntarles el nombre a unos policías para citarlos en un artículo, solo porque no logramos comunicarnos y entendernos en medio de tantas dudas y preconceptos flotando en el aire y haciendo de nuestro intercambio un infierno.

No se puede más que tratar de explicarse. A la postre, gran parte de la satisfacción de comunicar algo proviene de la posibilidad de conectarse con otras personas. No hay nada más grato en la existencia que ese momento en el que las ideas que uno transmite las entiende alguien más, y no porque todos tengamos una agenda, sino porque la comprensión es el pilar máximo de la comunicación.

Pero tampoco hay que romperse la cabeza tratando de entender por qué a veces es tan difícil que una idea penetre en los demás sin recibir el tratamiento de la marginalización.

Sería mejor intentar ser cada vez más claros y no permitir divisiones basadas en las interferencias creadas por las palabras, los gestos, nuestra presentación física y hasta el concepto que los demás tienen de nosotros.

El norte está trazado: transmitir desde y hacia el corazón y, si la señal se pierde en el camino, resignarse a que –a veces– “la vida es un colosal malentendido”, como bien dijo Rosa Montero.

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