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Zapping: Gasolina al fuego

Actualizado el 06 de septiembre de 2014 a las 11:55 pm

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Recuerdo bien las palabras de algunos familiares después de la primera vez que me asaltaron: “Usted siempre anda con esos audífonos grandes todos visibles, ¿qué esperaba?” Furia global en mi cabeza: “El mundo no debería de funcionar así; yo debería ser libre de usar lo que quiera”. Pero el mundo no funciona así, y nunca más usé audífonos grandes.

La semana pasada, en un concierto de Sonámbulo, alguien le tocó las nalgas a mi compañera en pleno bailongo, lo que provocó sus lágrimas. “¿Por qué nos separamos en ese momento, por qué yo no estaba a su lado?”, pregunté. Furia plena. En un intento por explicar mi impotencia, sin proponérmelo la cuestioné.

Aquello fue tomado como cuando algún bastardo dice que una mujer fue violada probablemente porque andaba vestida de forma provocadora, pero en mi moderado feminismo, esos pensamientos no son viables. Fui incomprendido en el peor momento, y pagué por ello.

Un día después, se difundió en Internet un flujo de fotografías íntimas de celebridades, aparentemente robadas de sus celulares. Hablamos, en gran parte, de los amores platónicos de millones de personas en el mundo, y de imágenes cuya intención no era que fueran de dominio público, sino solo de sus parejas.

El tema escaló a niveles patéticos, primero por la conmoción de los curiosos y luego por la cobertura editorial que cientos de medios le dieron, hasta el punto en que el feminismo radical decidió comparar el robo de las imágenes con una violación, banalizando así el abuso sexual.

Acción–reacción. Usted dice A, yo interpreto B, entonces le digo C, y luego llega alguien con un manifiesto D, y finalmente la vida se acaba.

Por un lado, los menos empáticos culparon a las estrellas por tomarse esas fotos y subirlas a servicios en línea (hecho que no comparto pero que respeto), y por el otro, los más extremos le achacaron a los hombres el hecho de tener pene (o de existir), al comando de una carreta de odio que embarrialó más la cosa.

Unos días después, un amigo escritor compartió un texto de ficción sobre un personaje probablemente misántropo, que en algún tramo del cuento se raja a hablar de lo “rica” que se ve una muchacha con equis tipo de vestimenta.

Ardiendo, unas tantas personas tacharon al autor de misógino, a la pura bulla. No comprendo por dónde pasó su análisis ni tampoco entiendo cómo fue más fácil enojarse por algo que tratar de masticarlo en el contexto en que sucede.

Hay adjetivos para todos, ¿eh? No tarda alguien en hacer o decir algo que ya hay otro tirando calificativos, no a sus acciones o palabras, sino al emisor. La sensibilidad ha llegado a una máxima absurda, y está bastante claro que en 2014 nadie debería de cometer “errores”.

Ese sentimiento de vivir al margen de un proceso infinito de acción–reacción (desde el punto de vista social, no científico) es similar al de tratar de capturar a un fantasma o contener humo en los pulmones: angustiante, por decir lo menos.

Piensan que pueden apagar el fuego echándole gasolina, y viven en un proceso convulsivo de escrutinio de la realidad y de las opiniones de los demás, basándose en situaciones aisladas para ofrecer sentencias de por vida. ¿Qué van a hacer cuando el “error” sea de su autoría?

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