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Zapping: ¿Bailamos?

Actualizado el 05 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Pedro Capmany y Jessenia Reyes en ‘Dancing with the Stars’. / Fotografía: Diana Méndez.

Corría un verano adolescente, tal vez el de hace ocho años, cuando la bachata del grupo Aventura flechó mi corazón. Ese es un decir muy gastado, pero fue lo que pasó: un ritmo en segundo plano me arrastró adentro del bar y, al ver a mis primos y a sus amigos bailando con tanta cadencia, lo único que pude concluir fue que esa respuesta a la música era la más natural.

Ese día también empecé a convencerme de que quizá no solo el rock y el pop –y parte de lo que hay en el medio– me hacían sentir bien. Pensé que mi cuerpo y mi alma nunca iban a estar vacantes en cuanto a las emociones que me traería por siempre la música, independientemente de dónde viniera o de cómo sonara o de qué era “bueno” para los demás.

Después de la bachata surgió un interés exagerado por la denominada música tropical. Me urgía dejar de ignorar (e incluso odiar) la música que me rodeaba. Empecé a entender no solo por qué el baile existe –lo consideraba un sinsentido; ya saben, uno quería ser un chamaco rebelde–, sino también el por qué es vital para el funcionamiento de la sociedad.

Salsa, bolero, cumbia: ¡tráiganlo todo! Bailemos con los pies, o con una mano, o mejor con las caderas, o bailemos en las entrañas y movamos los órganos al ritmo de un piano melancólico, porque eso también es bailar, porque la vida es un gran baile, porque el mundo es un salón, porque quién iba a pensar que después de ese primer baile me iba a enamorar.

Y así como no existe ni la buena ni la mala música, me convencí: no existen tampoco el buen ni el mal baile. Tal vez sí existe el buen baile, pero ese no es mi caso. Si uno tiene un cuerpo tan torpe como el que me tocó a mí, siempre hay un poco de vergüenza al bailar en público, pero si uno camina con audífonos puestos hacia la parada del bus, revoloteándose y haciendo estúpido, ¿por qué no haría lo mismo en la pista del bar, en la gramilla del concierto o en la pulpería del barrio?

Ahora bailo; a veces, porque el estado de ánimo es un factor impredecible, pero bailo. A veces solo, en el cuarto, con una canción que tal vez la gente normalmente desecharía como bailable (no es imposible bailar metal, por ejemplo); otras veces en público, y no lo hago bien, pero ese no es el punto principal de mi baile.

Antes de aparecer en la versión criolla del innecesario formato gringo Dancing with the Stars, el músico costarricense Pedro Capmany estaba bajo el entendido de que los músicos de rock (y los roqueros en general) no bailan y, quizá la única situación positiva que ha acaecido en el programa sea su cambio de opinión.

Ahora Pedro baila, y dicen los entendidos que ha mejorado y que lo hace muy bien, y eso es positivo, porque nunca es tarde para entender que el baile y el rock no son excluyentes, especialmente porque el frenético baile de la muchedumbre juvenil sesentera fue una de las razones por las que la sociedad fue reticente con respecto al rock en primer lugar.

Restarle mérito al baile es negar una de las mejores formas de expresión y comunicación: hace muchos años, cuando no teníamos el lenguaje escrito, esos movimientos corporales, guiados por los latidos del corazón, sirvieron como una manera muy efectiva de relatar historias y comunicarnos los unos con los otros.

Al igual que nadie necesita programas como Dancing with the Stars o el todavía más insufrible Bailando por un sueño para recordar la importancia del baile, nadie necesita esta columna para llegar a lo mismo; lo único que requerimos es una canción que nos obligue a entregarnos al sonido sin que nos importe nada más en la vida. ¡Música, maestro!

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