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Zapping: ¡Acribíllenlos!

Actualizado el 03 de mayo de 2014 a las 11:55 pm

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Creo que el mejor conocimiento que obtuve en quinto año del colegio fue en una de esas fiestas de “despedida de generación”, o lo que sea. Recuerdo bailar por primera vez Atrévete-te-te de Calle 13, nauseabundo y con pena, superando todos los prejuicios que tenía sobre el detestado reguetón.

Después de jurarme una vida entera que era especial solo porque mi mamá así lo decía y porque escuchaba “buena música”, bailé –¡y disfruté!– una canción con referencias a “sánguches de salchicha” y a “nalgas de 14 quilates”. Fue un instante liberador, cuando me di cuenta de que me había impuesto reglas no solo innecesarias, sino que obstaculizaban mi realización y divertimiento.

Durante mucho tiempo, una parte autoritaria de mí me hizo pensar que Atrévete-te-te (al igual que miles de canciones) era banal y que su popularidad se traducía a que a la gente le gusta escuchar música de mierda porque la gente es estúpida. Eso pensaba hasta esa noche, cuando sentí la canción caminando por mis huesos, cuando la mastiqué y la comprendí, cuando cambió mi visión acerca de los gustos (propios y de los demás).

Es imposible gustar de todo tipo de música (o series, películas, libros, periódicos, carros; en fin, cualquier cosa que exista), pero también es ridículo definir a las personas por sus gustos, o peor aún, definir a las cosas por el público que las disfruta. Hay gente, por ejemplo, que quiere crear la ilusión o dar a entender que los fans de Miley Cyrus o Justin Bieber nunca serán astronautas porque tienen la cabeza hueca o porque esos artistas son una amenaza para la juventud.

De hecho, 275.000 gringos firmaron una solicitud para deportar a Justin Bieber mediante una plataforma en línea de la Casa Blanca, misma que rechazó la petición días atrás. “Nosotros, las personas de Estados Unidos, sentimos que estamos siendo mal representados en el mundo de la cultura pop”, leía la petición. Pero, ¿quién en el mundo a veces no se siente alienado por la cultura pop?

No nos vayamos muy lejos: hace unas semanas, cientos de ticos armaron un bochinche en Facebook por la inclusión de Toledo en el festival gratuito Rock en el Farolito. Las razones sobraron: que Toledo no es rock, que hace música para chatas, que es negro (en serio, así de risible), que sus letras son ofensivas para medio mundo, que queremos metal...

¿Muy ‘cool’? Odiar lo que los demás aman es esforzarse mucho por tener una vida solitaria, depresiva e insignificante. ¡Un abrazo a los haters!

El desfile de ignorancia siempre dice presente, especialmente en Internet (y desde luego en todos los medios que se nutren de Internet – todos). Pronto organizarán mundiales de confeccionar conflictos sobre cualquier bobada; el asunto está en boga. Supongo que hay que sujetarse bien ante la prevalencia del odio.

Más provechoso que odiar es tratar de entender por qué ciertas canciones tienen un efecto inmediato en la mayoría de personas, o mejor aún, comprender lo que esas canciones provocan en todos los pares de ojos con los que topamos. Ya saben: tener empatía. Hurgar más allá de los pensamientos superfluos cuando alguien hace referencias a algo que desconocemos o que no compartimos.

“Si usted se siente traicionado por la cultura, no es porque está en lo correcto y el universo está equivocado; es solo que usted no es como la mayoría de personas”, escribió hace casi diez años un genio llamado Chuck Klosterman.

“La cultura no puede estar equivocada. Eso no significa que siempre sea ‘correcta’, pero tampoco significa que uno siempre tiene que estar de acuerdo con ella. No obstante, la cultura nunca está equivocada. La gente se puede equivocar. Los movimientos se pueden equivocar. Pero la cultura –como un todo– no puede estar equivocada. La cultura tan solo está ahí”, dijo Klosterman.

Agrego: la cultura es hermosa e implacable. Nada en este mundo tiene el poder de cambio que tiene la cultura, individual y colectivamente. Habrá cosas que no nos gustarán a como habrá tantas otras que se adueñarán de nuestras almas, pero la cultura la construimos todos y cada uno de nosotros, desde el amor y el respeto, desde la tolerancia y el entendimiento, desde el alma y el corazón.

Gastar la vida odiando lo que los demás aman es arrebatarse la oportunidad de descubrir lo interesante en todo, es privarse de nadar entre las razones por las que otros corazones palpitan, y de alegrarse por el bienestar de esos corazones.

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