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Página Negra John Wayne: Feo, fuerte y formal

Actualizado el 18 de enero de 2014 a las 11:55 pm

Ícono estadounidense, construyó el mito del vaquero y del héroe yanqui. Cabalgó sin descanso en más de 200 películas y lo tildaron de anticomunista, nazi, conservador, machista y genocida.

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John Wayne./Archivo

¡ Arriba las manos… forastero! El cowboy solo quería mojar su garganta con un trago, buscar una linda señorita y jugar una mano de póquer… giró sobre sus talones y ¡pum!. Cayó de espaldas, un chorro de sangre saltó de su pecho, rodaron mesas y botellas... pero el pianista siguió tocando el can-can .

En los tiempos que corren Marion Robert Morrison ya no podría presumir, en el corredor de su rancho, de haber limpiado de salvajes la Última Frontera, colgado cuatreros en cada árbol del camino, ajusticiado pistoleros en un corral, o descuajaringado nazis, japoneses y comunistas en todas las guerras del siglo XX.

A Marion ni a nadie se le perdonarían hechos tan políticamente incorrectos, pero sí al centauro del desierto, John Wayne, por dos razones: una porque todo fue pura ficción cinematográfica; la otra, porque Marion nunca hizo el servicio militar, jamás fue ganadero y menos disparó un arma en toda su vida.

El vaquero duro dispuesto a morir con las botas puestas, el boina verde capaz de comerse un sapo crudo sin arrugar la cara, el emblema del macho gringo: fue solo un mito del cine que filmó 200 películas y la única guerra que libró fue contra sus tres esposas y el cáncer que lo venció el 11 de junio de 1979. ¡Pura paja!

Al parecer, en 1956, rodó El conquistador de Mongolia en el desierto de Utah, cerca de una zona de pruebas nucleares. Wayne, Susan Hayward, el director Dick Powel, Pedro Armendáriz, Agnes Moorehead y 91 integrantes del elenco quedaron afectados por el polvo radiactivo y desarrollaron diferentes tipos de cáncer.

John Wayne fue un conservador en un Hollywood liberal; en 1968 rechazó la candidatura presidencial que le ofreció el Partido Republicano, porque pensó que el ciudadano jamás tomaría en serio a un actor para llegar a la Casa Blanca; pero hizo campaña a favor de Ronald Reagan, para gobernador de California y Presidente de los Estados Unidos de América.

A John lo apodaron Big Duke los vecinos de Glendale, California, donde vivió desde los cuatro años, porque solía sacar a pasear un perrote airedale terrier. Con el tiempo quedó solo El Duque y así le gustaba que lo llamaran, ni siquiera Marion, que de por si no calzaba con su talante ni su plante.

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Marion, o Wayne si prefiere, era un gigante de 1,90 metros, con un cuerpo fornido y pulido en los años en que jugó fútbol americano en la Universidad del Sur de California. Bebía como un cosaco, en especial tequila; fumaba como una ramera –hasta cinco paquetes diarios–; mataba el día cazando, pescando, apostando a las cartas o dándose de trompadas; perseguía hembras como un sátiro, prefería a las latinas para esposas y madres, pero tuvo una cola de amantes.

Como actor fue impresionante. Son pocos los que nunca lo vieron en la gran pantalla; era natural y John Ford dijo que se dejaba fotografiar sin esfuerzo. Protagonizó auténticas joyas del cine: La diligencia , Río bravo , Centauros del desierto , El hombre que mató a Liberty Valance , Arenas de Iwo Jima o Temple de Acero que le valió el Óscar como Mejor actor, en 1969, según relató Juan Tejero en su extensa biografía: John Wayne. El vaquero que conquistó Hollywood .

Jinete del destino

Hubo un tiempo en que los sociólogos comunistas y los críticos de cine enviaron a Wayne a la clandestinidad; y nadie que se ufanara de “progre” admitía ver las películas del vaquero más “arrecho” que existió.

John Wayne (acá en sus comienzos, con veintitantos años) fue uno de los actores más consumados del cine norteamericano, sus filmes como vaquero lo convirtieron en leyenda. | TCM
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John Wayne (acá en sus comienzos, con veintitantos años) fue uno de los actores más consumados del cine norteamericano, sus filmes como vaquero lo convirtieron en leyenda. | TCM

Es que El Duque fue el cowboy por antonomasia, una leyenda a caballo, un hombre de gatillo fácil y no solo uno de los actores más taquilleros de la historia del cine durante los años 50 y 60, sino el segundo personaje más famoso de Estados Unidos, solo superado por Abraham Lincoln.

Valía un pito que sus detractores lo tildaran de anticomunista, chovinista, racista, militarista, imperialista, machista, reaccionario y hasta de haber matado a Cristo.

Una de sus cintas, El Álamo , en la que actuó y dirigió, consolidó el mito de la nacionalidad estadounidense, aunque está basada en una patraña histórica del tamaño de la Estatua de la Libertad: la heroica defensa del fuerte El Álamo, en Texas, el 6 de marzo de 1836 y que marcó la expansión yanqui a costillas del territorio mexicano.

En realidad, según investigó Paco Ignacio Taibo en El Álamo , un libro no apto para Hollywood, los tales héroes eran una caterva de traficantes de esclavos y mercenarios edulcorados por la factoría Disney para crear el estereotipo del americano patriota, valiente, arrojado y leal; en fin, un “queso gruyere” con los agujeros llenos de falsedades.

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Lo que sucedió fue que John Wayne era un actor, no un documentalista, y sus filmes son versiones idílicas sobre la conquista del oeste, a sangre y fuego –es verdad– pero pura propaganda ideológica. Eso no excluye que La diligencia , su ópera prima de 1939, se inspirara en el cuento Bola de Sebo , de Guy de Maupassant.

Wayne llegó a los sets por chiripa. Sus padres, Clyde Morrison y Mary Alberta Brown, le pusieron un nombre ridículo: Marion Mitchell Morrison, cuando nació el 26 de mayo de 1907. Fue su amigo y mentor John Ford quien le sugirió cambiar el afeminado Marion y el estrafalario Duque Morrison –con los que empezó como extra–, por uno más rudo: John Wayne.

Clyde era boticario y debido a una enfermedad decidió llevarse la familia de Iowa a California, donde compró un rancho y cambió las pócimas por el ganado; le fue muy mal pero Marion quedó prendado de los caballos, las vacas, el estiércol y el gigantesco mar de hierba.

Fue a la universidad pero aquellas manazas no estaban hechas para los lápices, además de que una lesión cortó su carrera como jugador de fútbol y de rugby.

Consiguió un empleo cerca de un estudio de cine y trabó amistad con Tom Mix, el legendario vaquero del cine mudo. Hizo varios papeles de relleno, entre ellos Brown of Harvard, de 1926, sin aparecer en los créditos.

El actor  norteamericano John Wayne visitó  Costa Rica en 1963. Como parte de la anécdota, sus fanáticos se sorprendieron al ver el yate que dejó en Puntarenas, esto para tomar el tren con destino a San José. Archivo
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El actor norteamericano John Wayne visitó Costa Rica en 1963. Como parte de la anécdota, sus fanáticos se sorprendieron al ver el yate que dejó en Puntarenas, esto para tomar el tren con destino a San José. Archivo

Por dicha conoció a Ford y este lo conectó con otros jóvenes directores, que despuntaban en el celuloide. John hizo un chorro de películas para el olvido en estudios de dudosa categoría hasta que filmó La diligencia y, para ser gráficos, se montó en el caballo de la fama y nunca más se apeó.

Nadie como él supo desenfundar la Colt 45 para partirle “la madre” a un forajido o volarle los sesos a un comanche con su Winchester 73. Fue ¡el último vaquero!

La sombra del gigante

John Wayne no era un “naguas miadas”; fue como “Rooster” Cogburn en Temple de Acero . Un añoso pistolero, recio, bebedor, con 23 muertos en la alforja y que veía el mundo con un solo ojo, como un cíclope del oeste.

Fundó y presidió en 1944 la Asociación Fílmica para la Preservación de los Valores Americanos; grabó un disco de poemas patrióticos titulado América, ¿Por qué la amo? que fue super-ventas en 1974 y aún más en el 2001 tras el ataque a las Torres Gemelas e ingresó al Museo Nacional del Cowboy en 1974.

El Congreso le otorgó la Medalla de Oro con la inscripción “Un americano”; recibió –en una semana– 50 mil cartas de aliento en sus días finales y cuando murió las barras y estrellas ondearon a media asta en todo el país. Por algo los rusos lo tuvieron en su lista negra para asesinarlo.

Andaba cansino, apoyaba cada paso en la pierna izquierda; mascullaba las palabras; tomaba whisky como si fuera leche materna y tenía la sangre caliente.

Amaba a las latinas por sensuales y hogareñas pero era un gallo muy jugado. Tuvo amantes por carretadas y le disparaba a todo lo que se movía, entre ellas Marlene Dietrich, aunque no le cabe ningún mérito porque ella se ofrecía hasta por un cigarrillo.

Su primera mujer fue Josephine Sáenz, hija del cónsul de Panamá; siguió con la mexicana Esperanza Bauer y al final con la peruana Pilar Palette, la misma que escribió Duke: Mi vida con John Wayne .

Con ellas tuvo 7 hijos que se agarraron del moño por la herencia del actor, no solo porque le dejó al primogénito Michael 20 veces más plata que a los demás, sino porque a sus dos secretarias, Mary Saint John y Pat Stacey, le heredó más dinero que a sus retoños e incluso no le dejó un centavo a la Palette.

"Andaba cansino, apoyaba cada paso en la pierna izquierda,  mascullaba las palabras y tomaba whisky como si fuera leche materna"

Los chismosos dijeron que se cargó a grupas a Stacey, pues le fascinaban las secretarias.

Todos los vaqueros fueron John Wayne. Nunca eludió una buena bronca, ya fuera en un bar irlandés, a bordo de un carguero en Hombres Intrépidos o como ganadero en Río Rojo ; sus puños labraron la epopeya del western americano.

Con su pañuelo al cuello, sombrero de ala ancha, cartuchera al cinto y caballo a la mano persiguió a Liberty Valance, comandó al Séptimo de Caballería; defendió a muerte el Fuerte Apache; tocó a degüello contra estampidas de sioux, todo con la misma facilidad con que besó a Angie Dickinson y se emborrachó por el amor de Maureen O’Hara.

El cáncer lo acosó 15 años por las praderas del celuloide y un día, en una calle polvorienta, le gritó por la espalda: ¡Eres tú John Wayne! y…desenfundó primero.

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