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Página Negra Óscar Wilde: Pluma, lápiz y veneno

Actualizado el 15 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Considerado por muchos el autor inglés más leído después de William Shakespeare, azotó a la seria sociedad victoriana del siglo XIX con sus frases ingeniosas y su vida disipada.

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Apóstol insolente de la belleza. Cuando comenzó a vivir, dejó de escribir. Arrojado al abismo de la infamia por una pasión nefanda; el viento del norte, el hielo, el granizo y la nieve tupieron de escarcha su agónico final.

Dios lo creó y él inventó el arte por el arte. Pero, la prisión consumió su alegría y solo dejó una sombra de aquel Baco asiático, que resplandecía como el mismo Apolo.

Murió arruinado; el casero –para pagarse el alquiler pendiente– con un alicate le extrajo al cadáver varias piezas dentales de oro. Fue el óbolo a Caronte para irse al infierno, porque en el cielo no conocía a nadie.

Odiaba el apodo infantil Cuervo Gris. Hubo un tiempo en que se llamó Sebastián Melmoth, el personaje gótico que vendió su alma al diablo por 150 años más de vida y fue condenado a errar por el mundo.

Ni uno, ni otro. Dejó el rimbombante Óscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, para ser Óscar Wilde, un hombre vestido de palabras; su lengua era un estilete de epigramas.

Héroe y monstruo; amado y odiado en dosis proporcionales, el escritor Henry James lo tildó de “sinvergüenza de pésima calidad y una bestia desaseada”, James Joyce lo trató de “bufón de la corte”. Contra esos dicterios tenía un principio: “Perdona siempre a tus enemigos. Nada les molesta más”.

Como la estupidez es el único crimen que existe John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, lo acusó de sodomita por sus presuntos amores furtivos con Lord Alfred Douglas, su quebradizo retoño.

Wilde creyó que a base de ingenio y bellas palabras podría capear los golpes del inventor del boxeo moderno; pero él era un dandy y su rival un peleador callejero.

El siglo XX apenas asomaba sus rosados dedos y en 1895 Wilde sorteó 24 juicios por indecencia; en el último fue condenado a dos años de trabajos forzado en la infame prisión de Reading, apuntó Allan Percy, autor de El coaching de Oscar Wilde , un texto con frases ingeniosas del literato aplicadas a la superación personal.

Desde la mazmorra le escribió a su Ganímedes: “No olvides en qué terrible escuela estoy haciendo los deberes. Viniste a mi para aprender el placer de la vida y el placer del arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso, el significado del dolor y su belleza”.

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Aunque estaba en una alcantarilla, miraba a las estrellas. Óscar Wilde adoraba recitar a sus hijos, Vyvyan y Cyril, sus maravillosos cuentos de hadas, recopilados por primera vez –en 1888– con el título de El príncipe feliz y otras historias .

Muchos de sus relatos se extraviaron; Wilde pensaba que esas narraciones debían vivir en boca de los niños y no en el papel impreso. De esas obras sobrevivió El gigante egoísta , que más de una vez sacó las lágrimas al escritor.

Sin ser un cuento estrictamente navideño, el lector – como el gigante – desciende hasta la infancia para curar su mezquindad, redimirse del egoísmo, romper los muros de la avaricia y disfrutar del paraíso perdido del hombre: la niñez.

El príncipe feliz

Vivió más de una vida; murió más de una muerte. Fue de todo menos vulgar y rompió cuanto molde pudo. Ni la pitonisa más despabilada habría vaticinado la agitada vida que llevaría el hijo de William Wills-Wilde y Jane Francesca Elgee, uno médico y la otra escritora, ambos de Dublín –Irlanda–.

El pequeño Óscar vino al mundo el 16 de octubre de 1854; llevó una infancia plácida, al calor de unos padres que fomentaron su temprana inteligencia y promovieron su precoz talento literario.

Jane era una connotada poeta y activista, que firmaba sus artículos en el periódico irlandés The Nation , con el sobrenombre de Speranza; la policía británica cerró el diario porque incitaba a tomar las armas contra la corona.

El cuento  El gigante egoísta   buscaba afianzar el valor de la redención en los lectores. Cada uno de los textos de Oscar Wilde tenían como propósito lograr que el público aprendiera sobre la vida.  | ARCHIVO
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El cuento El gigante egoísta buscaba afianzar el valor de la redención en los lectores. Cada uno de los textos de Oscar Wilde tenían como propósito lograr que el público aprendiera sobre la vida. | ARCHIVO

El Dr. Wilde tenía una especialidad que le habría permitido ganar en un juego de “scrable”: otorrinolaringólogo. Era un experto en el folclore irlandés y en arqueología; además regentaba un centro de atención a los pobres.

La familia la componían dos hijos más: William y la pequeña Isola, que fue la obsesión de Óscar. Cuando la niña murió de escarlatina, a los nueve años, sufrió un fogonazo y trató de sublimar la desgracia con Requiescat , un poema de veinteañero.

Para más horrores el progenitor era un poco díscolo y había tenido tres hijos fuera del matrimonio: Henry, Emily y Mary. La tragedia se cebó en las dos últimas, que murieron carbonizadas en un incendio ocurrido durante un baile hogareño.

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Una de ellas, Emily, pasó cerca de la chimenea y el fuego le encendió el vestido; la hermana intentó apagarlo pero quedaron envueltas por las llamas que las calcinaron.

Wilde disfrutó de una esmerada educación; cultivó las bellas artes; poseía un don especial para la estética; hablaba con soltura francés y alemán y a los 26 años era una celebridad, mucho por su talento y otro tanto por sus excentricidades.

Poeta, dramaturgo, escritor, conferenciante, viajero incansable, bohemio, parlanchín y crítico mordaz de la sociedad victoriana, fue el buque insignia del esteticismo inglés y sembró la semilla del “arte por el arte”, la búsqueda y contemplación de la belleza, por ella misma.

Cada uno de sus venerables cuentos entrañaba una enseñanza: los valores ideales en El príncipe feliz ; la redención en El gigante egoísta ; la vanidad en El cohete extraordinario ; el amor y el conocimiento en El pescador y su alma . Sus obras de teatro causaron escándalo por sus ácidas frases: El abanico de Lady Windermere o La importancia de llamarse Ernesto . Su única novela, El retrato de Dorian Gray , es un compendio de ingenio y una versión al revés del mito del Dr. Fausto, que denuncia la hipocrecía social y exalta el hedonismo.

El escritor André Gidé, recordó así su primer encuentro con Wilde: “Sus libros asombraban, encantaban. Sus obras teatrales hacían correr a todo Londres. Era rico, era grande; era hermoso, estaba colmado de dichas y honores”.

Óscar se contoneó –con irreverente desenfado– con plumas de pavo real, un girasol en la mano, el pelo largo, ataviado con un pantalón de terciopelo verde y con aires amanerados.

El casero –para pagarse el alquiler pendiente– con un alicate le extrajo al cadáver de Óscar Wilde varias piezas dentales de oro.

Para unos fue un dandy profesional, un iconoclasta y un amante de la vida. Otros lo consideraban un indolente, un charlatán, un perezoso, un pederastra pervertidor de efebos. Entre sus allegados fue un marido maravilloso, un padre encantador y un niño juguetón.

El ruiseñor

Un hombre de gustos simples solo se satisface con lo mejor. Óscar Wilde, aparte de él mismo, se enamoró de Florence Balcombe; solo que ella ni lo alzó a ver y prefirió al lúgubre de Bram Stoker, autor de Drácula . La vanidad del poeta no soportó el rechazo de la guapa dublinesa, se puso como una cabra y prometió nunca más volver a Irlanda.

Como para Wilde solo había dos tipos de mujeres: las feas y las que se pintan; decidió enamorar a Constance, la hija del consejero real Horace Lloyd. En 1884 se casó con ella y obtuvo una dote de 250 libras esterlinas, que le sirvieron para dedicarse a escribir y darse los gustos de un bon vivant .

Tenía fama de manirroto; jamás se medía con los gastos y compraba objetos lujosos, cristalería, porcelanas, gobelinos, alfombras, pinturas y cualquier derroche era poco para su ego de artista. A ratos podía ser bondadoso y también egoísta.

Conforme su fama crecía se volvía un insufrible. Realizó una gira por Estados Unidos y Canadá; al llegar a la aduana norteamericana le preguntaron si tenía algo que declarar y dijo: ¡Nada, salvo mi genio!

En Estados Unidos se burlaron de su amaneramiento; lo acusaron de vacío y autoindulgente; los músicos W.S. Gilbert y el libretista Arthur Sullivan montaron una opereta para satirizarlo. Pero Wilde era un experto en frases hirientes; tildó ese país de Bulgaria, de vivir como palurdos y ser una bola de igualados.

Endiosado como Luzbel creyó estar más allá del bien y del mal. Fue así como a los 37 años y en el cenit de su carrera quedó prendado de un jovencito de 22 años, con el cabello color de miel, lánguido como una margarita, frágil como un junco y tan bello como Antinoo, el juvenil amante del emperador Adriano.

El mozalbete era Lord Alfred Douglas, apodado Bosie por su mamita. Wilde perdió la compostura ante semejante andrógino y quedó sometido a las veleidades del jovenzuelo, que un día estaba jovial y otro pataleaba preso de un berrinche. Como a los 20 años una prostituta contagió a Oscar de sífilis, nunca pasó de besar y manosear a Bosie, horrorizado de contagiarlo si lo poseía.

Los dos recorrían los barrios londinenses en busca de vagabundos, obreros, estudiantes, soldados y prostitutas para cebarse en ellos y desfogar sus pasiones.

Apenas el marqués de Queensberry se enteró de las andanzas de su niñito inició una campaña de difamación periodística contra Wilde; este, azuzado por su amante decidió demandar al noble, contraviniendo los consejos de sus amigos y abogados.

Wilde se pasó de vivo. Perdió el juicio y lo condenaron a dos años de cárcel por conducta indecente. Terminó con sus huesos en la prisión de Reading y de ahí salió hecho una piltrafa humana; sin un centavo, sin prestigio; abandonado por su mujer que incluso le cambió el apellido a los hijos para huir de la vergüenza pública.

Cuando salió de la cárcel, en 1897, se fue a París y ahí malvivió en la pobreza. Escribió dos obras más: De Profundis , dedicada a Bosie “el más grande de mis amores”; y La Balada de Reading , acerca de su estancia en la prisión. Solo vivió tres años más y murió el 30 de noviembre de 1900.

Y como el misterio del amor es más grande que el de la muerte, apretó con fuerza unos rizos dorados de la difunta Isola y quedó cubierto por unos capullos blancos.

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