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Página Negra John F. Kennedy: Jack… el travieso

Actualizado el 17 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

El presidente estadounidense más carismático alcanzó de la peor forma la inmortalidad en el imaginario popular: asesinado. Pocos recuerdan sus logros y las leyendas urbanas destacan su infatigable apetito carnal.

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Archivo Grupo Nación

¡ V-e-i-n-t-e segundos! Unos dirán que lo importante es la detonación; pero tratándose del macho alfa más poderoso del planeta, nadie esperaba que tuviera la mecha tan corta. Solo en algo era más rápido: sus oraciones matinales…tres segundos.

Y como no todo el monte es orégano; sus enemigos dijeron que hizo de la Casa Blanca una casa de citas, y que por ahí desfilaron más de mil mujeres sometidas al falo de aquel Príapo americano.

Pero…¿a qué horas gobernó John F. Kennedy? si solo fue presidente de Estados Unidos durante mil días, antes de terminar abatido por una bala mágica que le voló la tapa de los sesos, justo hace 50 años en Dallas, Texas.

Si hubiera muerto en su cama, rodeado de nietos, nadie lo recordaría. Ni siquiera por haber ganado el Corazón Púrpura por su heroísmo en la II Guerra Mundial; o por impulsar la carrera espacial, enfrentar la expansión del comunismo en América, evitar la III Guerra Mundial en los aciagos días de la crisis de los misiles con Cuba, apoyar los derechos civiles de las minorías o promover la Alianza para el Progreso.

Con frecuencia, los defectos de un hombre sobreviven y sus virtudes bajan con él a la tumba, dijo Marco Antonio ante el cadáver sangrante de Julio César.

Para las leyendas urbanas el mandatario norteamericano fue una víctima más de la maldición de los Kennedy; un adicto al sexo y a las drogas; un enfermo crónico; un esbirro de la mafia; un admirador de Hitler; un infiel irredimible y un depredador de la política.

El periodista Seymour M. Hersh, ganador del Pulitzer por relatar la matanza de My Lai en Vietnam, escribió El lado oscuro de Camelot , donde levantó los “chingos” del clan Kennedy y exhibió sin asco sus bajezas, unas reales y otras imaginarias.

Con cada aniversario se destapan más rumores, sobre todo los relacionados con su asesinato; desde el cansino complot mafia-cubanos-militares-amantes, hasta uno que endosó el crimen a un comando de marcianos que se robó el cerebro de Kennedy en la morgue, el cual –ciertamente– desapareció.

Incluso Hersh afirmó que el presidente se casó en 1947 por un día, con Durie Malcom; se arrepintió de la estupidez, se divorció y borró todos los rastros, pero no constan documentos que avalen tal infundio.

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Lisa Lannet, una austríaca de 87 años, revolcó aún más el estiércol y confesó al rotativo vienés Kurier que a los 23 años tuvo un hijo con Kennedy, cuando este se recuperaba de sus lesiones en la guerra.

A Kennedy le atribuyeron la potencia sexual de un garañón en celo permanente, al punto que si pasaba más de tres días sin fornicar le daba jaqueca. Así lo contó Jed Mercurio en su libro Un adúltero americano .

El autor describió sin ambages todas las enfermedades que se cebaron en John: diarreas, rinitis, osteoporosis, prostatitis, dolores de espalda y el mal de Addison, que lo obligaba a tomar un coctel de drogas recetado por su amigo el Dr. Max Jacobson.

Perfil de coraje

En lugar de llorar sonrió, aquel 29 de mayo de 1917 en Massachusetts, cuando su madre Rose lo trajo al mundo. Desde ese día fue un ay de mí, un costal de enfermedades que si bien no lo mataron en la niñez, lo hicieron sufrir bastante.

La partera tironeó del pobre feto, que vio la luz en el dormitorio de sus padres, en el número 83 de Beals Street, donde el futuro mandatario vivió sus primeros tres años. Al segundo, casi lo mata la escarlatina.

En agosto de 1968,  mientras veraneaba en Santa Mónica, en la casa de un amigo, John F. Kennedy fue rodeado por una multitud de seguidores.  |  LATINSTOCK/CORBIS
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En agosto de 1968, mientras veraneaba en Santa Mónica, en la casa de un amigo, John F. Kennedy fue rodeado por una multitud de seguidores. | LATINSTOCK/CORBIS

Los Kennedy eran una familia numerosa y bulliciosa; al estilo americano donde todos hablan a la vez y tienen perros que entran y salen por una portezuela.

Eran nueve hermanos, que tenían el hábito de reunirse los fines de semana y se portaban como una horda de hunos en vacaciones: competían entre sí, subían a los árboles, jugaban al tenis, al fútbol americano o navegaban, todo en un ambiente anárquico. Jackie Kennedy los odiaba y llegó a decir: “No pienso ser un chicazo que se sube a los árboles y grita: ¡Vamos a ganar!”

Este clan giraba en torno al totem bicéfalo de Joe –el paterfamilias– y Rose –la sacerdotisa–. Los niños comían juntos y aprovechaban para charlar de temas serios, digerían la cena alrededor del piano y parecían una cofradía de snobs .

Jack , el enfermizo, pasaba más tiempo en la cama que levantado y ahí adquirió el gusto por la lectura; entre sus libros preferidos estaba El rey Arturo y sus caballeros , así como Billy Whiskers , sobre las locas aventuras de una cabra. Después del asesinato de su hijo, Rose compró la vieja casa, la remodeló y conservó –entre otros muebles– la cuna donde arrulló a su malogrado retoño.

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Rose era muy católica y acostumbraba pasear a los niños todos los días; los llevaba a la Iglesia a escuchar misa, porque consideraba que eso no debía ser solo los domingos.

Como todos los chiquillos del barrio Jack fue a una escuela pública, pero conforme Joe hizo más y más dinero, los matriculó en colegios y universidades de prestigio, no tanto porque aprendieran, sino para hacer amistades y escalar hacia la copa del árbol social.

En un artículo escrito por Edward Kennedy, publicado en Los Ángeles Times , evocó así a su hermano: “Mis primeros recuerdos son de las peleas que teníamos con almohadas todas las mañanas, cuando Jack regresaba del colegio a pasar las vacaciones en casa. No tenía yo más que tres años, pero después de haber peleado y jugado hasta la hora del desayuno, me llevaba a la playa y me contaba historias del mar”.

¿En cuál recodo de la vida se perdió aquel niñito revoltoso?, que a los siete años robaba las botellas vacías de leche a sus vecinos –en las calles de Boston– para ganar dinero al devolverlas y cobrar el depósito.

A los 18 años se graduó y en el anuario colegial anotaron su destino: “El que tiene más probabilidades de llegar a Presidente”.

Al filo de la vida

De no haber muerto asesinado, John F. Kennedy pudo haber rivalizado con Argán, el enfermo imaginario de Moliére, por la extensa lista de males que afrontó casi desde su primer vagido.

Al parecer el mandatario era un debilucho que no resistía ni un soplido y vivió 46 años a merced de los médicos, sometido a decenas de análisis, radiografías, prospecciones, diagnósticos, recetas, pastillas, inyecciones, terapias y operaciones. El historiador Robert Dallek, en Una vida inacabada , repasó con detalle la endeble salud del gobernante.

Con 14 años le sacaron el apéndice; en el colegio comenzó a perder peso de manera inexplicable; a los 17 estuvo un mes hospitalizado en la Clínica Mayo aquejado de colitis; abandonó sus clases en el London School of Economics –en Londres– por un ataque de ictericia. Regresó a Estados Unidos y pasó tres meses en observación por una presunta leucemia; eso sí sacó rato para vacacionar, navegar y disfrutar de la única enfermedad que nunca pudo curar: ¡las mujeres!

Recién casado con Jackie, esta se dio cuenta de que su marido tenía tales dolores de espalda que debía dormir sobre una tabla de madera, darse baños calientes, usar un corsé y hasta utilizar muletas para caminar, sin contar las veces que ni siquiera podía amarrarse los zapatos.

Al año de matrimonio casi enviuda porque John sufrió una delicada operación en la columna, para salvarlo de quedar tetrapléjico. Como el paciente padecía del mal de Addison, el asunto se complicó con una infección urinaria, entró en estado de coma y el Cardenal de Nueva York le dio el viático, la extremaunción y casi le reza el primer responso.

Tras un mes de zozobra se recuperó; algunos lo atribuyeron a una voluntad de hierro y otros al cartel que colgaba en la puerta de su habitación: Marilyn Monroe. La despampanante rubia lucía un minúsculo pantaloncito azul y una camiseta blanca pegada a su frondoso torso, y lo miraba de reojo mientras la diligente Jackie le cambiaba los apósitos.

El político aprovechó la dura convalecencia para escribir Perfiles de Coraje , sobre ocho líderes americanos de probado patriotismo. El libro ganó el Premio Pulitzer; pero las lenguas bífidas aseguraron que había contratado a Theodore Sorensen como “negro literario” para el “camarón” y él solo lo firmó.

Para aliviar sus dolores, y mantener el control del planeta, el presidente acudió a los invaluables servicios del Dr. Jacobson –una especie de Dr. Frankenstein– que huyó de la Alemania nazi e hizo carrera y fortuna gracias a las anfetaminas, que recetaba como confites. “No me importa que sea orina de caballo, pero eso funciona” alegó el mismo Kennedy.

El mal de Addison impedía que John generara adrenalina; ante la falta de energía le aplicaron inyecciones de cortisona y testosterona pero el remedio fue peor que la enfermedad. El paciente se transformó en esclavo de su pulsiones sexuales, tanto que Gary Wills –en The Kennedy Impresonment– apuntó: “La dosis diaria de sexo se convirtió en la parte más sobresaliente de su legado, más que ningún logro político”.

Otros más benévolos aseguran que la maratónica vida amorosa del mandatario solo fue un cuento chino inventado por sus relacionistas públicos, para ocultar el catálogo de males, que lo obligaban a recibir hasta ocho dosis diarias de sedantes para sostenerse en pie.

Cosecha de mujeres

Ya fuera por terapia, diversión, para matar el rato o porque se le pegaba la gana, John usaba a las mujeres como si fueran pañuelos desechables.

Era capaz de enamorar hasta una escoba con enaguas y sus gustos eróticos eran eclécticos: becarias, secretarias, asistentes, agentes secretas, actrices, coristas y las que le procuraba el mafioso Sam Giancana.

Educado para ser siempre el primero en todo, llevó al extremo el libertinaje de su padre Joe y la mojigatería de su madre Rose, que nunca expresó el cariño a sus hijos y administró la familia como lo que era: una nación.

El mandatario francés, Charles de Gaulle, definió a Kennedy como “un presidente con el estilo de un ayudante de peluquería, que se abría paso a través de los problemas mientras se peinaba”. Por eso las conquistas de Jack, si fueron tan reales y numerosas, apenas lo despeinaron.

De niño era aficionado a cubrir hojas de papel con palabras, garabatos y pequeños dibujos que normalmente terminaban convirtiéndose en veleros. |  EFE
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De niño era aficionado a cubrir hojas de papel con palabras, garabatos y pequeños dibujos que normalmente terminaban convirtiéndose en veleros. | EFE

La Casa Blanca era su “matadero” oficial. Aprovechando los viajes de su mujer solía llevar mujeres a la Oficina Oval, a su propia habitación o a la que tenía oculta, siempre en contubernio con su inseparable amigote David Powers, su bufón particular, señaló Michael Berecz en Esposas y amanes de los presidentes .

Un excompañero de habitación estudiantil contó que Kennedy “podía ser descarado en su sexualidad, les levantaba el vestido a las mujeres, las acorralaba en las cenas de la Casa Blanca y las invitaba a tener una conversación seria”.

Presumía de sus aventuras y del excelente remedio que eran para sus dolores de columna y migrañas; hasta que se encontró con la horma de su zapato: Marilyn Monroe.

La conoció en 1954, cuando ella tenía 28 años y estaba casada con Joe DiMaggio; la cortejó e incluso la compartió a ratos con su hermano Robert, el feliz padre de once hijos y asesinado en 1968.

Al principio la actriz fue una compañía agradable, pero con los años se volvió incontrolable, esquizofrénica y según su psiquiatra, Ralph Greenson, en cualquier momento podía estallar como una bomba de relojería.

Marilyn solo quería ser la Primera Dama, desfilar del brazo de Kennedy y bailar en la Casa Blanca. Tenía la manía de llamar por teléfono y despacharse durante horas con sus frustraciones, balbuceos y lloriqueos pueriles. Hasta que el presidente se cansó y se deshizo de ella, como si fuera ropa sucia.

Algo parecido le ocurrió a Mary Meyer, una atractiva e inteligente esposa de un agente de la CIA, quien supuestamente abastecía al político de marihuana. Ella llevaba un diario con anotaciones sobre sus “encuentros” presidenciales y apareció muerta, en 1964.

Por aquellos días la prensa guardaba un respetuoso silencio sobre la vida privada de los mandatarios, aunque eran los años 60 y las ideas del amor libre y la promiscuidad sexual estaban de moda.

Para John las mujeres eran animales a los que asechaba y cazaba, pero no le interesaba matarlos; rara vez recordaba sus nombres y su único deseo era desahogarse, entre más rápido mejor.

Todo por el poder

Como para los políticos lo único inmoral es perder, el patriarca Joe anduvo todos los senderos que llevaron a su hijo al poder. Según Hersh, uno de ellos fue el desfiladero de la mafia.

El capo Giancana y el sindicato del crimen recibió del clan Kennedy $2 millones para comprar los votos en el estado de Illinois, que le permitió ganar al partido demócrata –por un décimo de punto– la elección de 1960, ante el republicano Richard Nixon.

Los métodos poco ortodoxos del mafioso consistieron en apalear votantes negros, intimidar a los indecisos y llevar a los electores de un sitio a otro, para que emitieran el sufragio varias veces. A cambio Sam solo pidió un pequeño favorcito: que la justicia dejara de molestarlo en sus negocios.

Estos artilugios formaban parte de la tradición del clan Kennedy; el abuelo materno John F. Fitzgerald –apodado Honey Fitz– perdió su escaño en el senado por aparente fraude.

Al parecer las relaciones gangsteriles de Joe –el padre de JFK– comenzaron cuando se asoció con Lucky Luciano y Meyer Lansky, fundadores de la Cosa Nostra. El contrabando de alcohol desde Canadá enriqueció a Joe y este acarició la idea de ser presidente, pero su malograda gestión como embajador en Inglaterra tiró al piso sus sueños.

El mandatario estadounidense disfrutaba de pasar tiempo con sus hijos, Caroline y John, Jr. en la oficina Oval. En esta ocasión, los animaba a que continuaran su coreografía y no dejaran de bailar al ritmo de sus palmas.
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El mandatario estadounidense disfrutaba de pasar tiempo con sus hijos, Caroline y John, Jr. en la oficina Oval. En esta ocasión, los animaba a que continuaran su coreografía y no dejaran de bailar al ritmo de sus palmas. (AP)

Lo intentó con su adorado hijo mayor, pero este murió en extrañas circunstancias durante una incursión aérea en la Segunda Guerra Mundial; así fue como derrapó sus ambiciones con el siguiente en la lista, para eso tenía bastantes: John, que de cariño le decían Jack.

Basado en su experiencia en Hollywood contrató un equipo de constructores de imagen, y transformó a un veleidoso jovencito en un aspirante serio a la Casa Blanca. Realizaron encuestas de opinión pública y modelaron al candidato de acuerdo con el perfil popular: joven, casado con una mujer guapa, hijos pequeños, rubio, seguro, héroe de guerra y deportista.

El prospecto presidenciable tenía clase, mucho dinero; era alto, campechano, atlético, simpático, vital, encantador, alegre…en fin, una caja de monerías. Por dicha los electores nunca se dieron cuenta de sus terribles dolores de estómago, ni que era medio sordo, que usaba anteojos y tenía un pie más corto que otro.

Además era un disoluto, que cuando no estaba de vacaciones rodeado de jovencitas desnudas, pasaba en su apartamento neoyorquino en una eterna fiesta con actrices explosivas como: Lana Turner, Joan Crawford, Susan Hayward, Marlene Dietrich, y algunas más agazapadas –aunque igual de ardientes– como Gene Tierney y Audrey Hepburn relató el biógrafo familiar Christopher Andersen.

Contra todos los arúspices John ganó las votaciones de 1960 y asumió la presidencia, de la que nadie recuerda mayor cosa, salvo el final.

El pacto con Giancana lo rompió Robert Kennedy, quien como Fiscal General se encargó de perseguir a los mafiosos, además de granjearse un enemigo siniestro: J. Edgar Hoover, sempiterno director del FBI.

Los hermanos se creyeron más allá del bien y del mal, pero desataron sobre ellos una tormenta que se desencadenó en 1961, cuando el patriarca Joe quedó paralítico a raíz de un ataque cerebral. Sin su protector, la suerte de Kennedy estaba echada.

A las 12:30 de la tarde del 22 de noviembre de 1963, desde la ventana de un edificio vacío en Dallas, Lee Harvey Oswald esperó el desfile político. Miró el descapotable donde viajaba la pareja presidencial, cargó su fusil y contra todas las leyes de la balística disparó un tiro que viajó en zigzag, le voló los sesos a John F. Kennedy, hirió al gobernador John Connally, rebotó y lesionó a un testigo.

¡Quítate los anteojos!, fueron las últimas palabras del presidente a Jackie.

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